El color y otras malinterpretaciones


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La excesiva parcelación del conocimiento (evidente y nefasta en los actuales planes de estudio universitarios, por ejemplo) no debería impedirnos el disfrute de esa larga serie de obras históricas, colindantes con la literatura, a las que ya etiquetamos como "clásicas" más por reconocer su buen gusto y calidad que su actualidad intrínseca (o modernidad, que ésa es otra). En lo que se refiere a "vitalidad", item más, poco puede añadirse ya..., que como decía el sabio, no es que los oráculos hayan dejado de hablar, es que los hombres han dejado de escucharlos.
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Durante el segundo año de carrera discutíamos con ardor sobre cuál de las tres partes de la Historia de las cruzadas de Steven Runciman (1954) era mejor. No era una disputa baladí, pues venía a indicar, primeramente, quién había tenido la suerte de hacerse con los tres ejemplares y, por otro lado, el lugar que ocupaba la especialización medievalísta en el particular imaginario profesional de los futuros historiadores que se supone que éramos. ¡Ay! Quién me iba a decir a mí entonces que el problema iba a ser, andando el tiempo, precisamente encontrar esos libros para poderlos leer.
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Hace poco, cuando salió el último estudio serio sobre la cuestión, Las guerras de Dios (Christopher Tyerman; 2007, Edit. Crítica; 30 euros) volví a recordar todo ésto que les cuento. Y cuánta gracia me hizo en su momento el comentario de ese profesor de Literatura Clásica (que sustituía al titular de Historia de la Baja Edad Media, ¿¡!?) cuando nos confesaba entre susurros que la costumbre humana de interesarse por minucias había llevado a la especie a grandes descubrimientos. Y casi siempre nos ponía como ejemplo el caso de los cruzados y sus mil peripecias..., todo ello en una época en que la serie sobre Indiana Jones no había hecho sino arrancar, lo cual tiene todavía más mérito.
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La reedición de la obra maestra de Runciman (Alianza, 2008; 45 euros) es una buena ocasión para desempolvar esas antiguas querellas que en su día tuvieron el acierto de las discusiones interesadas y todo el frescor de la motivación juvenil. Detengámonos por un momento a pensar en la cantidad de chorradas con las que perdemos el tiempo ahora y saquemos nuestras propias conclusiones. Mi consejo es que se compren los dos libros (son perfectamente complementarios) y no aplacen su lectura para el verano, no vaya a ser que en el interín a los de Hollywood les dé por redescubrir también el tema y tengamos al hijo de Indiana rebuscando entre los faldones de Saladino and company.
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Durante el segundo año de carrera discutíamos con ardor sobre cuál de las tres partes de la Historia de las cruzadas de Steven Runciman (1954) era mejor. No era una disputa baladí, pues venía a indicar, primeramente, quién había tenido la suerte de hacerse con los tres ejemplares y, por otro lado, el lugar que ocupaba la especialización medievalísta en el particular imaginario profesional de los futuros historiadores que se supone que éramos. ¡Ay! Quién me iba a decir a mí entonces que el problema iba a ser, andando el tiempo, precisamente encontrar esos libros para poderlos leer.
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Hace poco, cuando salió el último estudio serio sobre la cuestión, Las guerras de Dios (Christopher Tyerman; 2007, Edit. Crítica; 30 euros) volví a recordar todo ésto que les cuento. Y cuánta gracia me hizo en su momento el comentario de ese profesor de Literatura Clásica (que sustituía al titular de Historia de la Baja Edad Media, ¿¡!?) cuando nos confesaba entre susurros que la costumbre humana de interesarse por minucias había llevado a la especie a grandes descubrimientos. Y casi siempre nos ponía como ejemplo el caso de los cruzados y sus mil peripecias..., todo ello en una época en que la serie sobre Indiana Jones no había hecho sino arrancar, lo cual tiene todavía más mérito.
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La reedición de la obra maestra de Runciman (Alianza, 2008; 45 euros) es una buena ocasión para desempolvar esas antiguas querellas que en su día tuvieron el acierto de las discusiones interesadas y todo el frescor de la motivación juvenil. Detengámonos por un momento a pensar en la cantidad de chorradas con las que perdemos el tiempo ahora y saquemos nuestras propias conclusiones. Mi consejo es que se compren los dos libros (son perfectamente complementarios) y no aplacen su lectura para el verano, no vaya a ser que en el interín a los de Hollywood les dé por redescubrir también el tema y tengamos al hijo de Indiana rebuscando entre los faldones de Saladino and company.
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2 comentarios:
Seguiré parcialmente el consejo tratando de encontrarlos en la biblioteca (mi desconocimiento absoluto de la historia hace de este tipo de entradas algo de bastante utilidad), si no están por mi casa, lo cual sería hasta probable teniendo en cuenta que la autora de mis días y mi hermano son historiadores o proyectos de.
En Librerías de Bs. Aires están en catálogo, pero con precio y stock a confirmar.
Pintan tan bien como aquél sobre el Medioevo que recomendaste la otra vez, y que el título me hizo recordar.
Un beso
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