24 enero 2009

Unos ojos rabiosamente libres

Hay novelas que, de puro placer, se leen tan rápido que jode. (Acabarlas, quiero decir.) Especialmente cuando sabemos que ya nos quedan pocas por estrenar de ese autor, y que una hipotética re-lectura todavía no se presenta macerada por el suficiente lapsus temporal como para que nos revierta aunque sea un poco de la frescura primigenia.
.
Me pasa con John Fante. Aunque los de "Anagrama" dicen otra cosa, quiero engañarme e imaginar que la mayoría de sus mejores novelas quedaron sin publicar a su muerte y todavía están, escondidas, a la espera de que alguien las rescate de un baúl sin misericordia. Y es que a este hombre, con sólo 46 años, en 1955, cuando empezaba a consolidar una incierta y titubeante fama como novelista (su trabajo como guionista en Hollywood sólo le servía para pagar las facturas), se le diagnosticó una diabetes galopante que le llevó a la ceguera en 1977. Aparte la cuatrilogía sobre Arturo Bandini, apenas media docena de libros jalonan su producción. El último, Llenos vida, me ha dejado una sonrisa de gratitud y de reconciliación con la literatura tal que si hubiera muerto en ese instante hubiera ido derechito al cielo de Chesterton y Cioran..., con permiso de Bukowski.
.
En esta novela el protagonista es directamente John Fante, sin trampa, ni cartón, ni alter ego. Un escritor que empieza a tener éxito (tres novelas publicadas), con una mujer preciosa que espera su primer hijo, y que gana el suficiente dinero como para comprarse una casa..., para comprobar horrorizado a los pocos meses que el suelo de la cocina se lo están comiendo las termitas. No le queda otra opción que ir a buscar a su padre, el mejor albañil del mundo..., y al mismo tiempo un tipo tan peculiar que parece imposible que el escritor se lo haya inventado. La madre es más normal..., aunque es una impresión engañosa. En cualquier caso, el relato de la relación de Fante con sus padres posee tanta fuerza que por momentos uno no sabe si las chispas que salen del libro nos van a quemar las pestañas. La novela tiene ritmo, gracia a espuertas, inteligencia de la buena, novedad y frescura como para despertar a un muerto: su estructura "vital" y su mensaje (el de un Fante ateo, feliz y sentimental) no es que nos recuerde a una película, es que nos desarma, como si momentos antes hubiésemos tenido entre las manos una ametralladora. No se la pierdan.
.
Y, por cierto, para los buenos aficionados que ya nos hemos leído todas las que han sacado..., creo que nos merecemos al menos que los de "Anagrama" traduzcan también sus Cartas, 1932-1981 (2002, 384 páginas) y la biografía que ha escrito Stephen Cooper (John Fante. Fill of Life, 2005; 400 páginas). Amor con amor se paga.
.

1 comentarios:

Ana dijo...

Querido Jorge, a mi modo de ver, lo hayas leído rápido o te hayas demorado, quizás a propósito, para que "dure" más, terminar de leer ciertos libros siempre jode. Ya terminar un libro con el que medianamente me he llevado bien, me provoca algo, no sé, una cosita... Si me ha acompañado un tiempo y ha sido muy plancentero, cerrar el libro después de la última página es algo como una despedida, es toda una cuestión para mí...
Y tu comentario me hizo acordar de un fragmento de algo que leí hace unos días:
“(…) No pasa a menudo que un libro nos devore. Que experimentemos de entrada o pasando tal vez el segundo capítulo que un libro nos tome de la nuca o nos tire del pelo. Que un personaje cualquiera, tal vez ni siquiera el protagónico, nos acompañe durante todo un día. Que nos impacientemos por volver a casa y entregarnos a él. Que la trama nos invada la vida, que nos atemorice llegar al final, que nos neguemos a soltarlo. No pasa muy a menudo, pero cuando sucede, un libro se vuelve una nave que nos lleva, al mismo tiempo, muy lejos y muy cerca.”
Sandra Russo: de “Perdonen nuestros placeres”: El libro devorador

Creo que es más o menos así.
Y, sabes, antes de escribir esto fui al comentario de Anagrama (hice todos los deberes, como "niña buena") Yo creía que nunca había oído ni hablar de ese escritor. Pero leo la lista de sus obras y veo "La hermandad de la uva", y pensé que me era familiar... Fui a ver si era.. y, ¡sí! El año pasado estaba leyendo un libro que me habían prestado (y aún lo tengo, porque era "sin apuro" de devolución) y justo me enfermé. Llevó tiempo todo, incluso el diagnóstico mismo, y luego se ve que me "enganché" con otras cosas... así que había quedado ahí, marcado por donde iba leyendo... Este lo han traducido como "La cofradía de la uva" y es de Ultramar. Y recuerdo que era por partes muy, muy gracioso, y otras veces, muy ácido.
Qué casualidad. Justo había terminado un libro (tú me lo habías recomendado) y no ha llegado el otro, y anduve con esa sensación de cuál agarrar para reemplazarlo (siempre leo de a varios, pero leo menos que tú). Son bien diferentes, pero aún me falta leer como la tercera parte, así que lo seguiré y de paso no demoraré más en devolverlo.

Besos