16 mayo 2011

Algo propio, algo distinto de sí


A modo de coda de la entrada anterior, reviso las estanterías de las librerías virtuales para constatar que, a día de hoy, seguimos sin una biografía crítica de verdadera enjundia sobre uno de los escritores más originales e interesantes de nuestro Siglo de Oro, Baltasar Gracián (1601-1658).
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Las ya viejunas monografías de Coster (1911, en castellano desde 1947) y Batllorí/Peralta (1969) -que, por cierto, pueden descargarse por la patilla aquí, junto con otras cosas-, siguen siendo la única referencia completa sobre las desventuras y malandanzas de nuestro autor, un personaje muy curioso que merecería una atención menos despreocupada de la que habitualmente se le presta. Por envidiar, Gracián no tiene nada que envidiarle al irredento Quevedo (ni como prosista, ni como ingenioso), y por valer, suma tanto en el catálogo literario español como los propios Cervantes, Tirso y Lope, por situarlos en una hipotética línea sucesoria desde la que se nos ofrecen obras inigualables y de una fuerza que ya quisieran Francia e Inglaterra, por citar dos de los países donde a don Baltasar lo consideran una de las cumbres del barroco europeo..., y tirando por alto. Y a fe mía que no discrepo en el (buen) gusto.
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La investigadora Elena Cantarino (ver su blog sobre nuestro amigo) nos ofreció en el cuarto centenario de su nacimiento (2001) una buena bibliografía que, sin pretender ser exhaustiva, contaba con más de 50 páginas. ¿A qué se debe entonces el escaso interés que parece despertar la vida de este escritor? Fuentes materiales hay, documentos cotejables también, pistas que seguir idem de idem..., ¿será miedo, será respeto, será un pájaro, será un avión...? No me lo explico, porque los interrogantes que rodean la publicación de sus tratados son grandes como camiones y el personaje audacísimo a más no poder, incluso para los cánones de la época (un jesuíta, no lo olvidemos) : recuerdo que con menos mimbres se han bordado biografías de mucho relumbrón en ocasiones anteriores, bien recientes por cierto. En fin, otra tarea que se queda pendiente, a saber hasta cuándo.
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Que un personaje de esta catadura, cuyas influencias intelectuales van más allá incluso de lo literario (a los terrenos de la filosofía y de la política, por lo pronto) siga todavía en el limbo de los ilustres desconocidos de nuestro parnaso particular es algo que clama a los cielos. En este país, últimamente, está visto que si no eres catalán o leonés no te hace caso ni dios... Entre los atajos para ser persona aconsejaba Gracian "saberse ladear", pues de esa manera se le pegan a uno el genio, "y aun el ingenio sin sentir". Va a ser éso.
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