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09 noviembre 2009

Estímulos del ayer, para hoy

Incluso yo, que le tengo un odio africano desde mi más tierna infancia, debo reconocer que la estación del frio (el General Invierno), tiene al menos una cosa buena: es perfecta para el descubrimiento o la relectura de los grandes clásicos del pensamiento. Porque, si no, díganme, díganme..., ¿cuándo que no sea durante los helados amaneceres de diciembre o febrero (preferentemente en sábado o domingo, of course), se puede animar uno a batallar con los agudos ditirambos de Nietzsche o las sesudas elucubraciones de Heidegger? ¿Quién en su sano juicio que no haya sido tentado por la mantita en las piernas y la taza de café humeante, mientras a lo lejos se oye la tormenta o se siente caer la nieve, se atrevería si no con la plácida agudeza de Platón, el rigor sin fisuras de Spinoza y las alegorías incruentas de Ortega? ¿Eh? ¿Eh? Pues éso.
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La Editorial Gredos, muy puesta en estas lides como todos sabemos, acude al rescate en este inicio largo de temporada (aún brilla el sol en algunos horizontes de la patria), con una soberana apuesta por la Verdad y la Vida, ambas con mayúsculas. Responde al nombre de Biblioteca de los Grandes Pensadores, y abre el fuego nada menos que con Nietzsche y Wittgenstein, para que la cosa quede clara. Cada uno de los muchos tomos previstos (38, en principio), que irán apareciendo paulatinamente, rondará las 1000 páginas (esto es, varias obras en cada uno)..., lo que repercutirá en el precio, como no podía ser de otra forma (60 euros). Todos tendrán su estudio introductorio (en torno al centenar de páginas) y se presentarán en traducciones de una seriedad a toda prueba: Germán Cano (Nietzsche) e Isidoro Reguera (Wittgenstein) para abrir boca, por ejemplo.
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Quizás sea el momento de revisar a fondo la biblioteca y decidir si merece la pena la inversión. Y no por la cosa de la tapa dura y la profusión de notas (que también), sino porque en muchos casos las ediciones de estos autores que hemos ido manejando en recientes tiempos de incuria no son las más adecuadas, que digamos. Y no ya por la dispersión y lo fragmentario, que algunas obras parece como que nos las han ido suministrando como a los enfermos, con cuentagotas, sino porque renunciar de entrada a la misma concepción de estos escritos imprescindibles como un corpus integral es una forma de pervertirlos. Y a buen entendedor...
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Si a los que nos toca ponemos nuestro granito de arena evitando que la iniciativa sea comercialmente una catástrofe (¡ejem!), quizá podamos dentro de un tiempo hacer oir nuestra voz para la colección se amplíe y se convierta algún día en una de esas catedrales intelectuales que tanto prestigian a un país, como ha ocurrido con otras similares en Francia, Alemania e Inglaterra, por referirnos a esos vecinos con los que tanto nos gusta compararnos en otras cosas. Daríamos por buenos los años de retraso acumulados y hasta palmitas con las orejas por tener la ocasión de abrigarnos de tal guisa este duro invierno que se avecina.
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19 septiembre 2009

Evocaciones periféricas


Dentro del mundo decididamente serio y fuerte de los helenistas, los investigadores sobre la Grecia Antigua, hay dos mujeres de las cuales estoy platónicamente enamorado. Una es la francesa Jacqueline de Romilly (1913) y la otra la norteamericana Emily Vermeule (1928-2001). Los estudios de la primera son incontables (algunos de ellos, cosa rara, incluso están traducidos al castellano): son insuperables su biografía de Alcibíades y los tres o cuatro libros que analizan los fundamentos socio-políticos de la democracia ateniense. Pero hay otros también muy interesantes que tiran hacia lo literario (o filológico) y lo puramente filosófico, aunque yo quedo a la espera de que alguien traduzca alguno de sus libros de memorias (Le sourire innombrable, Les roses de la solitude, Les révélations de la mémorie), que se prometen deliciosos e inquietantes.
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Vermeule, por contra, ha escrito menos y todo en torno al período inmediatamente anterior al clasicismo (esto es, la Edad de Bronce micénica). Por suerte, dos de sus mejores obras están en nuestro idioma: Grecia en la Edad de Bronce (FCE) y La muerte en la poesía y en el arte de Grecia, ambos en FCE. La Universidad de Harvard publicó en 1982 su estudio sobre la pintura de los vasos micénicos (424 páginas, 950 ilustraciones), y desde entonces llevo esperando que alguno de los que se dicen amigos míos tenga la decencia de gastarse los 100 euros que vale en regalármelo por mi cumpleaños. Está claro que a este mundo hemos venido a sufrir y a sufrir.
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A estas dos damas hay que sumar ahora una tercera de reciente descubrimiento: la británica Ruth Padel (1946), poetisa también y de Oxford para más señas, de la que acaba de sacar la Editorial Sextopiso un apasionante libro sobre las relaciones entre la locura y la tragedia en la Grecia clásica (A quien los dioses destruyen, 440 páginas, 30 euros). No hace mucho se vió envuelta en un escándalo de proporciones mayúsculas a cuenta de su disputa con Dereck Walcott por la cátedra de poesía de la Universidad de Oxford, uno de esos tejemanejes político/sexuales que con periodicidad casi matemática de un tiempo a esta parte salpimentan todos los corrillos literarios del mundo, pero uno diría (leyéndola) que tales vanidades mundanas han pasado por su espíritu sin romperla ni mancharla. Al final, lo que queda, es la obra..., como no podía ser de otra manera.
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Y para el que esto suscribe, los tres nombres que acabo de darles, como en los anuncios, son garantía de calidad.
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19 abril 2009

Ese arte delicado y enérgico

En varios estudios sobre la obra de Quevedo, Cervantes y Gracián ya me había topado a veces, como de refilón, con el nombre de Trajano Boccalini (1556-1613), un satírico italiano que asombró a Europa allá en los inicios del S. XVII con sus Ragguagli del Parnasso ("Avisos del Parnaso"). Pero he tenido que esperar hasta bien entrada la lectura del último (y delicioso) libro de Marc Fumaroli, Las abejas y las arañas. La Querella de los Antiguos y los Modernos (Acantilado, 2008), para tener detalles de primera mano de su verdadera y singular importancia en el panorama de las letras europeas. Para nuestra desdicha, no existe una traducción moderna de los escritos boccalinianos, y hemos de conformarnos con la de Fernando Pérez de Sousa, que data de 1634 y que pone a nuestra disposición en edición facsímil la Universidad de Granada. Menos es nada...
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Esos Avisos olían tanto a azufre que no obtuvieron el imprimatur de las autoridades eclesiásticas romanas, por lo que tuvieron que editarse en Venecia (1612). Se agrupaban por "centurias", y en ellos el imperio español de Felipe III no salía muy bien parado, que digamos, lo cual explica que mientras en toda Europa se devoraban con deleite, en nuestro país apenas se conocían en círculos muy restringidos. Se cree que la muerte del propio Boccalini en 1613 en Venecia hay que ponerla en la cuenta de ciertos "agentes españoles".
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Algunos de los relatos cómicos (que no otra cosa son los ragguagli) entroncan directamente con la obra de autores como Montaigne, Voltaire y Swift, nada menos. Por extensión y calidad son tan diversos como chispeantes, claramente la obra de un escritor amamantado en la sal ática y la libertad espiritual de los grandes hombres del pasado clásico (Séneca, Luciano y Tácito, en primer lugar). Si hay que buscar un orígen "moderno" a lo que ahora y desde hace un par de siglos llamamos periodismo político/literario, pregunten por Boccalini, al que la naciente difusión de ese invento maravilloso que fue la imprenta le vino como anillo al dedo..., aunque el buen hombre no lo pudo disfrutar en esta vida, bien es cierto.
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27 marzo 2009

Dios sintió durar la eternidad

Ha habido que esperar hasta el 2008 para contar con la primera traducción castellana de alguna de las obras de ese extraño híbrido entre poesía y filosofía que es Jeanne Hersch (1910-2000), una autora prácticamente desconocida en España, pese a que la hemos tenido como quien dice delante de las narices (concretamente en la División de Filosofía de la UNESCO, de la que fue directora durante varias décadas). Me estoy refiriendo a una breve selección de ensayos publicada por Acantilado, El nacimiento de Eva (2008, 80 páginas). Menos da una piedra. Esperemos que la prometida traducción de L'éttonement philosophique, su particular y originalísima "historia de la filosofía" desde los milesios hasta Jaspers se traduzca al menos completa (la edición francesa de Gallimard tiene 462 páginas).
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Jeanne Hersch, como dice Starobinski en el prólogo de este libro, reivindica constantemente la pureza y "honestidad" del concepto, al tiempo que rompe una lanza por la exactitud simbólica de la poesía, a la que nunca hay que excluir: pensar, saber, comunicarse..., consiste al fin y al cabo en hacerse presente en el deseo de verdad, en despertar a la forma y reflexionar sobre ella. La metáfora nace por eliminación, pero espontáneamente, con la fuerza de una convicción. Y, al mismo tiempo, así, en esta densidad etimológica, florece la filosofía, afirmándose entre las ideas y los valores (la ética es un imperativo tanto como un afán). Como podemos ver, el recuerdo de los diálogos platónicos está presente en todo momento..., aunque sin el diálogo.
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Porque aunque los siete ensayos del libro tienen una procedencia variable y una calidad también desigual, los hay excelentes, de un fulgor diamantino, sugerentes y hermosos, dignos de una mujer enamorada de la vida. En el estilo de una María Zambrano, pero sin la puñalada del exilio. No sé si me explico.
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04 marzo 2009

Horacio, en compañía de otros...


Entre los primeros enlaces que añadí a mi carpeta de "favoritos" (allá por el paleolítico internetero, ay) recuerdo con emoción tres perlas que sólo quien ha tenido la suerte de descubrirlas (y necesitarlas) sabe lo que valen..., esto es, su peso en oro: las páginas en castellano dedicadas a Heidegger, Derrida y Nietzsche trazadas con mano maestra por ese sabio cabal y altruísta que es Horacio Potel, nuestro profesor de Ética y Epistemología en la Universidad Nacional de Lanús (Argentina).
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La Cámara Argentina del Libro, algo así como una S.G.A.E. con acento porteño, ha decidido que los textos de los pensadores arriba reseñados deben someterse al escrutinio de la Unidad Fiscal de investigación de Delitos Tributarios y Contrabando (UFITCO), algo así como un Gran Hermano de las letras y las ciencias dedicado a impedir la cómoda difusión del pensamiento libre (el bueno, me refiero). Háganse una idea del volúmen de visitas que tendrán las páginas del amigo Horacio, como para que esos dos organismos oficiales hayan tenido la peregrina idea de considerarle un sujeto peligroso y sobre el que debe caer todo el peso de la ley. En la web de nuestro querido Phiblógsopho se dan todos los detalles, no se los pierdan.
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De este caso podríamos decir lo mismo que del problema de la justicia con el top manta y las descargas P2P en España, "Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señor". La verdad, dá un poco de grimita, con la que está cayendo tanto en Argentina como en España, ver a tantos prohombres de la legislatura y el funcionariado dedicados a demonizar a los pobres de pan llevar que sólo pretenden leer y escuchar música sin que les cueste un pastón. Dentro de unos lustros, cuando lo contemos, nuestros bisnietos no se lo van a creer...
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Por lo pronto, desde estas páginas va un abrazo muy fuerte para Horario, al que me comprometo a enviar una lima dentro del bocadillo cuando lo enchironen. Había pensado en meterla en un libro, que irá en el mismo paquete, pero me temo que ahí los policias sí que van a mirar.
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29 diciembre 2008

Entre las alturas y el arrabal


Creo recordar que fue Aristóteles quien dijo, refiriéndose a la verdad, que prefería la de los poetas a la de los historiadores, pues éstos nos dicen cómo han sucedido las cosas, mientras que los otros nos dirán cómo pueden suceder siempre. Es cuestión de "justicia", por así decirlo..., poética, claro está.
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La semana pasada dictó sentencia el juez que estudia a quién corresponde la titularidad de los últimos cahiers de Ciorán, los que van del período 1972 a 1980. Por si no les suena, les refresco la memoria. La mujer de nuestro amigo rumano, Simone Boué, publicó en 1987 una primera tirada de los diarios del pensador (los que van de 1957 a 1972; Edit. Gallimard, 1000 páginas..., para los interesados, pulsar aquí), todo un acontecimiento literario en su momento. Se sabía que había más, porque Ciorán escribía a diario, pero el Alzheimer desde 1981 y la muerte después sorprendieron a nuestro autor, que hace mutis por el foro en 1995. Dos años más tarde, le sigue su fiel compañera, con la que compartió los altos de una minúscula buhardilla parisina durante la friolera de más de cincuenta años. Si eso no es bohemia, que venga dios y lo vea...
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Tras el entierro de Simone, un amigo de la pareja y el notario van a la buhardilla a inventariar los restos y rescatar lo que se pueda. Ese amigo es Ivez Peyré, a la sazón director de la Biblioteca Literaria Jacques Doucet, la elegida años antes por Emil como depositaria legal de sus parcas posesiones y escritos. Tras la "limpieza" (bastante decepcionante, al parecer) se encarga a una chamarilera que saque los cacharros y trastos que quedan, que los tire a la basura y, en suma, despeje el piso con vistas a un nuevo alquiler.
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Imaginen la sorpresa de los seguidores del escritor rumano como un servidor cuando el año pasado nos desayunamos con la noticia de que la ahora "anticuaria" (ejem) subastaba una serie de importantísimos papeles entre los que seguramente están los mentados diarios finales de Cioran. ¿Qué había pasado en ese piso? Pues que, por lo visto, el señor Peyré había olvidado mirar en el sótano donde, por evidentes razones de espacio, Emil guardaba sus papelotes y manuscritos. La encargada de la limpieza del piso los encontró y, como buena profesional, los guardó..., por lo que pudiera pasar. Evidentemente, la subasta se paralizó como consecuencia de una demanda interpuesta por los depositarios legales de Ciorán, pero la reciente sentencia parece darle la razón a la mujer que tuvo la "delicadeza" de hacer bien su trabajo, algo que no se puede decir de los querellantes, por mucho que nos duela.
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Por nuestra parte, sólo nos queda rezar para que Gallimard haga una buena oferta en la puja que tendrá lugar próximamente (se habla de un plazo aproximado de un año, así que aún toca esperar).
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P.D.: Por cierto, no me digan que no es genial la caricatura de Sciammarella. ¿A que sí?
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23 octubre 2008

¿Somos un diálogo desde el tiempo?


En una de las primeras marejadas de la descatalogación universal, allá por el pleistoceno editorial, se perdió la traducción castellana más completa de las obras del Maestro Eckhart, la de Ilse M. de Brugger (que la otra, la de Amador Vega, es más reciente y una selección), aunque el Señor nunca abandona a los buenos creyentes y ordenó a los amigos de La Editorial Virtual que pusieran remedio a la cosa. "Laus Deo", o como también se suele decir, misterios de la grandeza espiritual de la Red, que todo lo puede (o casi).
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Visita tras visita, con franciscana paciencia, desde hace años pierdo unos minutos en revisar las estanterías de todas las bibliotecas y librerías a las que acudo, "a ver si ha salido algo" de o sobre nuestro místico renano. Nada, tiempo perdido. Incomprensible. ¿De verdad interesa "tan" poco este hombre en la patria de San Juan de la Cruz y Santa Teresa como para que nadie lo estudie y escriba sobre él y su obra? Más incomprensible todavía. Y no se les ocurra echar un vistazo a la bibliografía existente en inglés , francés, o alemán..., que la envidia es mu mala. La lista de los excelentes libros ahí recogidos y que me gustaría ver traducidos a nuestro idioma parece un memorial de agravios, interminaaaaable, interminaaaaable...
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Uno hubiera creído que su posición intermedia entre lo místico y lo filosófico habría beneficiado a este autor medieval, y que precisamente en un país como el nuestro la personalísima hibridación eckhartiana, siempre oscilando entre las dos esferas del pensamiento occidental históricamente más destacadas (la teológica y la metafísica), sería un acicate importante para su estudio. Pues se conoce que no. Será porque ha primado la línea "oficialísta", que lo coloca en la fila de los herejes, será porque escribió en alemán, siempre tan duro a nuestros oídos, será por el cambio climático... Será. Mira que desde las bibliotecas e instituciones eclesiásticas se ha escrito sobre chorradas y mira que no habrá habido especialístas para exorcizar rotos y descosidos, pues ni entre los autores "de campo" del cristianismo se encuentran más que referencias esporádicas a este pensador. Como si le tuvieran manía, vamos.
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Pero es que la tendencia no se ha roto en los últimos cuarenta años, salvo excepciones honrosísimas (Amador Vega, Alois M. Haas, Victoria Cirlot, Salvador Pániker). Si tenemos en cuenta la nobleza de su pedigree (pues avalado viene nada menos que por un tal Martin Heidegger), casi como que da un poquito de vergüenza tener que contar estas cosas por aquí, a estas alturas del siglo. Indagando por los cibermundos he localizado y descargado casi una docena de libros sobre nuestro amigo..., en los idiomas de siempre. En el nuestro no hay más que articulillos de los de salir del paso y cuchufletas para consumo interno de los círculos monjiles, grosso modo. Y si, ya puestos, se nos ocurre extender las pesquisas a Suso, Tauler y la mística renana, en general, nos puede dar la risa floja. Por no hablar de las cagaleras de la muerte.
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21 octubre 2008

Decíamos ayer...


Quisiera darles noticia de la reciente aparición del último libro de Giorgio Colli, La naturaleza ama esconderse (Siruela, 2008; 320 pp.), un estudio sobre los textos presocráticos de los que no entran un par en docena, extraordinairo, inquietante..., esencial. Recoge varios ensayos escritos entre 1939 y 1948, y que le valieron a su autor la libre docencia y la plaza de profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Pisa.
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Aunque el amigo Colli es más conocido entre nosotros por ser (nada menos que) el editor de la obra completa y la correspondencia de F. Nietzsche (al lado de M. Montinari), no somos pocos los que ponemos la vela al diablo de alabar especialmente (y también) su dedicación a la recuperación crítica de los textos griegos arcaicos. Dentro de esta faceta es donde cabe colocar libros como el actual, un recopilatorio de muy variados, rigurosos e imprevisibles análisis de esos minutísimos textos a partir de los cuales han llegado hasta hoy la sabiduría del gran grupo de pensadores que precedieron a Sócrates, Platón y Aristóteles. En la línea de obras anteriores como Filosofía de la expresión (Siruela, 280 pp) y La sabiduría griega (Trotta, 2 vols.; 480 y 360 pp.), ésta que tenemos entre manos es sin embargo más "personal", más comprometida y lapidaria en cierto sentido: la distancia que toma Colli con respecto a los autores desmenuzados es menor, casi se puede decir que se coloca a su lado, los acompaña. Es fácil imaginar leyendo sus textos, claramente paridos para ser leídos en voz alta, que sus clases debían ser todo un espectáculo. Para nuestra suerte, poco a poco están siendo traducidas la mayoría de sus lecciones universitarios, rescatadas por su hijo Enrico para la editorial italiana Adelphi (en castellano tenemos ya los cursos dedicados al Platón político y a Zenón de Elea, y en la recámara están los de Gorgias, Parménides, Empédocles así como otros tantos de variada índole). Para impacientes y despistados, que sepan que desde aquí pueden descargarse por la patilla un amplio fragmento de El nacimiento de la filosofía (Tusquets, 1990; 138 pp.).
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Aviso para navegantes: Colli es un escritor arduo, difícil..., hay que saber pelarlo. Su dialéctica exaspera a ratos, se torna voladiza, encandila las pajarillas del intelecto pero a la vez ahoga el discurso, que da la impresión de avanzar a saltos. En suma, para repensar la filosofía de los clásicos, perfecta. Porque está desnuda de artificios, es lenta-lenta-lenta, no se deja traducir con engaños (buen trabajo de Miguel Morey), es un cheque en blanco para los iniciados, para aquellos que gustan de ir a las fuentes y, a partir ahí, dejarse inquietar y emborronar por las infinitas posibilidades del texto, por algunas de sus sugerencias y también por muchas de sus dudas. (Of course, se aconseja dominar el griego, o al menos estar versado filológicamente en la materia, siquiera sea someramente). De las diez partes en que se divide la exploración hay dos antológicas, de las de colgar con chinchetas a la entrada de las facultades universitarias, las dedicadas a Parménides y al Platón juvenil.
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23 agosto 2008

El fin justifica los miedos


Es inútil que la curiosidad intente imponerse al deseo: no hay otra forma de acceder a las obras del vitriólico e inclasificable Lev Isaákovich Shestov (León Chestov) que saber inglés o francés. En castellano apenas contamos con tres libros suyos (inencontrables), traducidos hace la intemerata de años en las nunca bien ponderadas editoriales argentinas. Por lo que se aprecia, ni el interés ni la insistencia de escritores y pensadores como Unamuno o Revueltas... y, más recientemente, Ferrater Mora, Savater y García Bacca, ha bastado para que algún editor español con mando en plaza se haya dignado poner manos a la obra para remediar en lo posible el desaguisado. Si el diablo no lo impide (que Dios con Chestov tiene sus más y sus menos), cumplirán con creces el siglo la mayoría de sus libros sin conocer el idioma de Cervantes..., y nosotros que nos lo perderemos.
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Y no está el horno para esta clase de bollos: los tres libros a los que me refiero son Kierkeggard y la filosofía existencial (1939; en castellano desde 1947, Sudamericana); Las revelaciones de la muerte (1921; en castellano desde 1938, Sur; reeditado como La noche de Getsemaní, en 1953) y, por último, La filosofía de la tragedia: Dostoyesky y Nietzsche (1903; en castellano desde 1949, Emece). Todos ellos ensayos muy manejables y aromáticos en torno a las 200/300 páginas, pero que un servidor solo ha podido encontrar en las bibliotecas universitarias. Urge, por lo pronto, una reedición de los tres, que para futuras empresas quedan todavía títulos de la enjundia de Atenas y Jerusalén (1938), La idea del bien en Tolstoi y Nietzsche (1900), Potestas Clavium (1923) y otros. Nada más..., y nada menos. Lo dicho, un desperdicio.
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Mientras en Rusia, Francia y el mundo anglosajón ya se regalan las neuronas con alguna que otra biografía y varios estudios críticos sobre nuestro amigo, algo así como un padre putativo y en ruso del mismísimo Cioran (y en listo), por estos lares aún falta quien sepa distinguirlo del enésimo fichaje futbolístico del Real Madrid. Sí, ese rubio y con los dientes saltones que dicen que tiene mucho toque... Entre las pocas cosas sueltas que he podido encontrar en la Red, aquí les dejo este artículo con el título de Job y Hegel (1939) y la introducción a Atenas y Jerusalén (1937), en traducciones de andar por casa (o sea, malas). Menos da una piedra.
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18 agosto 2008

Historias, sospechas

Hoy he comprendido bastantes cosas. Qué nos pasa y por qué. Y a buen entendedor...
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Soy asiduo de las revistas digitales, particularmente de las universitarias. La Red es lo que tiene, que entretiene. De entre las españolas, las de la Complutense me chiflan, aparte por motivos obvios (allí estudié..., e intento seguir estudiando), porque son gratuitas. Les recomiendo que echen un vistazo, según sea la rama del saber que más les interese. Sus artículos son muy buenos (aunque podría mejorarse mucho el buscador, por cierto).
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Entre mis preferidas, las filosóficas, inmejorable abrevadero para esos ratos perdidos entre tarea prescindible y obligación insoslayable. Desde hace bien poco, algunas tienen un contador de visitas mensuales. Desde España, en Logos entraron 121 personas el mes pasado (823 desde Argentina, 592 desde Mexico y 543 desde Colombia, para que comparen). Ya sé que interesarse por el problema del concepto abstracto en Aristóteles mientras la selección de futbol ganaba la Eurocopa es mucho pedir, pero vamos..., el dato es significativo, no me digan que no. El total tampoco es como para tirar cohetes, 7065 visitas, ya que si descontamos las revisiones de administradores y "personal" juraría que hasta yo con este blog soy más popular. Por las mismas cifras andan también los Anales del Seminario de Historia de la Filosofía (93 entradas desde España). En el resto de las revistas, piadosamente, no han instalado el contador.
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Lo mismo ocurre con la de mi especialidad (la que estudié, quiero decir), Historia Contemporánea (93). Afortunadamente, en su momento no me dió por querer entrar en el mundillo académico: me hubiera deprimido mucho ver que mi artículo sobre la crísis del liberalismo en Salvador de Madariaga sólo ha merecido la atención de dos personas en todo el mundo.
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01 agosto 2008

Dar y recibir, pensar y despertar

La reciente aparición en España de Invitación a la filosofía japonesa. En torno a Nishida (Bellaterra, 2008), traducción del original en francés de Bernard Stevens, me lleva a recordar lo que hace ya más de dos años les comentaba en este mismo blog sobre las vicisitudes de la edición española de las grandes obras de los integrantes de la Escuela de Kyoto (Nishida Kitaro, Tanabe Hajime y Nishitani Keiji, principalmente), ese camino intermedio entre la filosofía occidental y el pensamiento oriental, sin duda alguna la exploración intelectual más interesante y fecunda en materia metafísica desde la fenomenología heideggeriana.
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Desde entonces, sólo tres ensayos cortos de Nishida se han traducido al castellano (los recopilados en Pensar desde la nada; Sígueme, 144 pp., 2006). Por lo demás, cero patatero, seguimos igual que antes, con los dos libros de Nishitani y Shizuteru, nada de Tanabe y menos aún de Watsuji Tetsuro y Kuki Shuzo (los más recientes de la escuela). Por no haber, ni los de la Universidad Complutense se molestaron finalmente en pedir el libro en inglés que les indiqué de Tanabe (9,5 euros). Muy revelador.
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Para que se hagan una idea de la relevancia histórica del fenómeno, Nishida es al Japón algo así como Ortega a España, la piedra de toque a partir de la cual empieza a pensarse nuestra actual idea de lo que es la especulación filosófica, en su interdisciplinariedad e interculturalidad moderna (aparte su academicismo, quiero decir). Sus obras completas ocupan 19 volúmenes, que allí van ya por la 4ª edición (1987-89). Con Tanabe (15 volúmenes, 1963-1964) y Nishitani (26 volúmenes, 1986-1995), los equivalentes nipones a una Zambrano y a un Zubiri, pasa tres cuartos de lo mismo, que no por ser más próximos han tenido mejor suerte (Nishitani murió en 1990, casi medio siglo después que Nishida).
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Es muy significativo que los pocos libros que pueden encontrarse en castellano sobre esta cuestión se reparten como a salto de mata entre varias editoriales (Herder, Siruela, Sígueme, Bellaterra) y aparecen publicados de Pascuas a Ramos, como sin un proyecto definido, ni una idea especulativa, ni una intención concreta que haga presuponer la necesaria y prometedora continuidad que a algunos identificamos como la prueba del algodón de una genuina sensibilidad intelectual. Está claro que, parafraseando a Vattimo, en ciertos países el pensamiento es más debil que en otros..., mayormente por la parte del bolsillo y por la de la cabeza, ese sitio donde se lleva la boina.
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07 julio 2008

El exceso y el énfasis

Cuenta Simone Boué, la compañera de toda la vida de Emil Cioran, que éste se cabreaba mucho cuando se le cuestionaban sus chapuzas manuales en la casa, esa inolvidable chambre de bonne de la Rue L'Odeon, en el Barrio Latino de París, en la que ambos vivieron como buhos en lata durante la friolera de más de cincuenta años. De todo cuanto podía sacarle de sus casillas (y cualquiera que haya leído a Cioran con detenimiento sabe a lo que me refiero cuando hablo de sus reacciones a base de dolorosas "puyas" dialécticas), nada peor que dudar de sus habilidades como manitas, ese álgebra superior del conocimiento que ahora se llama "bricolage".
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Una de las imágenes que más recuerdo de Emil [la entrevista data de 1996], tal vez la más entrañable, se producía cuando terminaba un aforismo y salía de su habitación, sin haberse afeitado, despeinado, con una página en la mano. Entonces me leía el aforismo y esperaba mi reacción. Yo, honestamente, muchas veces no entendía el sentido y no sabía cómo reaccionar. Él se enfadaba un poco... Otras veces le daba mi opinión; en general, siempre me parecían demasiado pesimistas. Algunas veces, cuando le pasaba a máquina sus textos, le sugería pequeños cambios. Algunos los aceptaba. Lo que no podía hacer era criticar sus trabajos manuales. Le gustaba mucho hacer trabajos manuales; solía decir que cuando andaba existía sólo gracias al movimiento de las piernas y que, cuando trabajaba con sus manos, existía con mayor intensidad. Reparaba todos los desperfectos de la casa. Si había que llamar a un técnico, estaba todo el rato observando su trabajo, intentando aprender para la próxima vez. Debo decir que todas las reparaciones que hizo eran muy sólidas, para toda la vida, pero, generalmente, aparatosas y feas; a veces dejaba esparadrapos o cuerdas en un mueble. Cuando hacía alguna crítica a sus reparaciones, se enfadaba muchísimo. Así como aceptaba las críticas a sus textos, no las aceptaba cuando había arreglado una silla o una mesa... Era un hombre muy singular. La verdad es que lo echo mucho de menos. Nada me parece igual sin él...
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Delicioso. Nunca lo hubiera imaginado..., aunque una vez leída la anécdota y asimilado lo que significa tengo que reconocer que a Ciorán le pega..., y mucho: solo quienes no han tenido en la vida más oficio que el de no haber hecho nada útil (ejem) para la sociedad pueden permitirse el beneficio de sentir como intolerable una ofensa a lo único en lo que seguramente se ha despositado un interés y un cariño propio, inmediato y real, así sea la simpleza de arreglar un enchufe o apañar con un alambre el goteo de la cisterna. Porque igual que a las mujeres no se les puede hacer notar ciertas cosas (otra vez ejem), los hombres también tenemos nuestro corazoncito y exigimos que el público aplauda a modo y cuando le corresponde allí donde nos hemos dejado parte de ese nuestro ya periclitado y añejo orgullo. Atavismos del inconsciente paleolítico, seguramente..., pero con cosas como ésta vamos tirando hacia la sepultura.
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En el nombre de March, del hijo...

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Es ya un tópico decir que lo que se ofrece gratis o no vale nada o al final sale caro. No siempre es así, y para muestra, un botón: desde este mismo mes, las famosas conferencias de la Fundación Juan March están disponibles en formato audio (tanto para la escucha directa, como para guardar en MP3) en su página oficial. Nada menos que 2.000 conferencias, casi todas las que ahí se han impartido desde 1975. Sí, han leído bien, desde hace treinta y tres años. Y yo que creía que en España estas cosas no se hacían (¿a quién se le habrá ocurrido entonces la peregrina idea de grabar estas cosas?, tch, tch, tch...), seguro que lo hacen para dejarme en mal lugar.
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Aquí tienen a su disposición y por la patilla los ciclos de conferencias propiamente dichos de la Fundación (monográficos, en su inmensa mayoría), pero también varios cursos universitarios, algunos seminarios de filosofía y arte, las famosas "Aula abierta", recitales poéticos, etc. El "buscador" es muy bueno y completo..., y nos permite comprobar que la lista de participantes es como para no hacerle ascos a la intentona: entre los nacionales contamos con Marias, Ferrater Mora, Trías, García Gual, Bueno, Maravall, Valverde, Savater, Lledó, Lain Entralgo, Calvo Serraller, Gubern, etc. Todos hablando de lo suyo, de lo que saben, que no es poco, y con la oportunidad del momento y el lugar adecuados.
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Muchos de los sabios participantes ya no están entre nosotros, así que aquí tienen Vds. también una oportunidad que ni pintada para ver cómo se expresaban y de qué manera organizaban sus disertaciones algunos de los maestros de nuestro tiempo. Qué quieren que les diga, pero un servidor cree que con este tipo de inventos, tan directos y esenciales, el que no aprende es porque no quiere.
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29 junio 2008

Es Pere, pero mejor que no espere

De vez en cuando, rebuscando en esos sumideros en los que se han convertido las páginas "culturales" de los periódicos españoles, se lleva uno alguna sorpresa. En El Mundo de hoy, verbigratia, después de pasar el Rubicón de las referencias gastronómico/pasarelisticas (pagadas) de siempre y la publicidad (ésta descarada, ¡pues menudos son!) de los macrofestivales de rock, llegamos a una entrevista que un tal Antonio Lucas le ha hecho a uno de nuestros mejores poetas actuales -si no el mejor-, Pere Gimferrer.
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¡Qué cansinos y repetitivos son los periodistas...! ¿Es que alguien que no esté ya al cabo de la calle y verdaderamente interesado en este poeta va a ignorar cuanto se pueda decir sobre su vida y obra, por enésima vez? ¿Por qué coño hay que recordar siempre a según qué supuestos ignorantes cada uno de los datos de su ya archiconocida biografía literaria?. Bueno, pues aparte ésto, que se come a lo tonto y para nada tres cuartas partes del artículo, en un momento determinado de la entrevista se produce un aldabonazo fugaz pero ensordecedor que salta como un gato del periódico y se nos queda dando botes en no se qué parte de la cabeza. Cuando le preguntan a Pere por sus memorias, hacer referencia a que no están terminadas (las empezó en 2001) y a que los folios están "en una carpeta, escritos a mano y con una letra que sólo yo puedo entender".
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Y continúa: "Si me pasara algo sería poco probable que alguien la lograra descifrar. ¿Has visto alguna vez un manuscrito mío?". "Alguna dedicatoria...", dice el entrevistador. "No, eso no vale. Mira, mira.". Y saca de la cartera una tarjeta de visita que tiene en el dorso el arranque de un poema que empezó a escribir el día anterior. Lo coloca ante los ojos del periodista durante unos segundos y espera con ansiedad su reacción. Ilegible, claro está. Y sigue diciendo nuestro poeta, y aquí viene lo mejor:
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"A veces escribo caminando. Percibo un ritmo en el cerebro y así llegan los primeros versos que, como acabas de ver, apunto en lo que tengo a mano. Ese ritmo es lo primero. Y a partir de él llegan las palabras. Después, generalmente, corrijo muy poco...".
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Como Robert Walser con sus microgramas, se puede decir más alto, pero no se puede decir mejor. ¿Qué es poesía, y tú me lo preguntas? Poesía es un swing mental, chato, se nace con él o no se nace. Los que no lo tienen, se dedican a la política o al periodismo...., como el susodicho entrevistador que, para variar, después de oir a Gimferrer lo que acabo de relatar, en lugar de continuar por ahí, se deja escamotear ese toro dialéctico enterito, sin hacer sangre, ni tocarlo, ni mancharlo. Cambia de tercio y se pone a soltar su rollo estético cursilón de "corta y pega". Momentos antes había desperdiciado otra carambola igual, cuando Pere dijo:
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"Es alarmante comprobar cómo todo se ha degradado. Ha crecido el paletismo habitual de este país. Uno de los motivos es la desaparición del plan de estudios de Sáinz Rodríguez, la pérdida del latín y de las humanidades. Además, se da una involución peligrosa: los negocios y el deporte han ocupado el lugar de la cultura. No sé, no sé..."
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Verde y con asas, y no es un melón portátil. ¿Qué será? La ira biliosa de un ser inteligente al que, una vez más, han tomado el pelo. La próxima vez el periódico de los domingos lo va a comprar su pastelera madre, señor mío.
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19 mayo 2008

Epistemología cantinflera

Ludwig Wittgenstein, que murio en 1951, estuvo rodando por Cambridge junto a Bertrand Russell durante muchos años del período de entreguerras (el Tractatus data de 1921). El segundo murió nada menos que en 1970, ya casi centenario. No hay filmaciones de ambos explicando los presupuestos esenciales de su pensamiento, ni en clase, ni en entrevistas, ni en películas..., nada. Con Heidegger, muerto en fecha tan reciente como 1973, pasa tres cuartos de lo mismo: lo único que interesaba a los periodistas era su relación con el fascismo. De su filosofía, ni papa. Idem de idem para Husserl, Popper, Ortega y los integrantes de la Escuela de Kyoto.
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Algo más de suerte tuvieron Sartre, Einstein y Foucault, ya más recientemente, pero tampoco se puede decir que la cosa sea como para tirar cohetes. ¿Qué ha pasado aquí? ¿A nadie le han interesado las clases magistrales de estos tios como para meter ahí una cámara? ¿Ningún espabilado se cayó del guindo de que podría haber sido interesante filmar a estas lumbreras del siglo XX? ¿Tan aburridos los veían, tan poco curiosos? De Karl G. Jung hay una "película psicoanalítica" de 1957, algo es algo. Y mira que hay que ser cerril para que a nadie se le haya ocurrido en su momento, por ejemplo, meter al mismo Cioran en un plató de televisión, a tumba abierta..., cuando todo quisque sabía que la conversación de este rumano era un espectáculo y que daba un juego increíble cuando le salía de la vena.
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Bien es cierto que no todo el mundo puede tener el talento natural de Salvador Dalí para dominar los medios de comunicación (y de expresión) de su época, pero en este caso el reproche cabe dirigirlo más bien a una, ejem, "clase" o profesión supuestamente liberal y comprometida, en su más amplio sentido, como es la "periodística". El Cuarto Poder, ¡juas! Que con la cantidad de metros de película y de cinta magnetofónica que se han emporcado en los últimos cien años, literalmente tirándolas a la basura con chorradas, que ni una exigua minoría haya tenido al menos la decencia de salvar los muebles y reparar en este tipo de detalles descalifica a todo este gremio, que no es precisamente de los que necesita enemigos que les denigren. Luego dirán que sin razón...
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17 mayo 2008

Estereotipos, verdades cansadas

En España tiene poco predicamento ese álgebra superior del conocimiento que es la síntesis comparativa. Que yo recuerde, sólo Ortega lo hacía (más en sus clases universitarias que en sus libros): "Señores, vamos a asistir al enfrentamiento de dos colosos...", y durante una o tres horas mantenía a su auditorio totalmente embelesado con la idea de "esencia" en Platón y Descartes, un suponer. En el mundo anglosajón (y en Francia también, aunque menos) este tipo de estudios se estila mucho, imagino que por influencia del riguroso (y curioso) sistematismo intelectual puesto en boga desde hace siglos en Oxford, Cambridge y por ahí.
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Mucha gente lo confunde con el recurso a las vidas paralelas plutarquiano. Y no, no es lo mismo. Porque en aquél no se trata tanto de confrontar para "contrastar" como de sintetizar para sumar. Lo que importa no es cómo y porqué lo dijeron o pensaron, sino qué se dijo y se pensó sobre éso concretamente. De agotar el tema mientras aún esta vivo, para abarcarlo después con los brazos. Evidentemente, tal forma de enfocar una cuestión tiene mucho más de síntesis que de comparación, hasta donde ello es posible (porque es de lo que se trata), y por razones que son fáciles de entender, se reserva a los grandes pensadores y suele ser fruto de la madurez (intelectual).
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Se presta mucho al juego la Historia propiamente dicha porque las calas cronológicas están al alcance de la mano, pero son infinitamente más interesantes y enriquecedoras las filosóficas y, si me apuran, las literarias, así como las musicales. En éstas, a diferencia de las históricas, los árboles sí dejan ver el bosque. Desgraciadamente, pocos son los llamados y menos los elegidos a ejercitarse en este noble ejercicio de pensar por elevación..., y cada vez menos. La tendencia dominante en el mundo de las letras y las ciencias de un tiempo a este parte es precisamente la contraria, la de "deconstruir" más que la de crear : abundan los libros con ideas fragmentarias y sin desarrollar, las discusiones basadas en conceptos vacíos de contenido y repletos de lugares comunes, en suma, una especificidad intelectual de escombrera, de acumulación de datos sin análisis. El resultado, no hace falta decirlo, es de una pobreza descorazonadora.
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01 febrero 2008

El talento, esa calamidad mundana


Cuando me enteré de que los guionistas de Hollywood estaban en huelga lo primero que me pregunté (instintivamente) era "¿ah, pero lo que ponían tenía argumento?". Hubiera jurado que lo de los últimos años eran programas y series enlatados que iba pariendo un ordenador, así a zorrombullón, como la máquina de los churros..., en la vida hubiera pensado que en el reciente invento televisivo/cinematográfico hubiera algún cristiano detrás, echándole eso que antes se llamaba ingenio.
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La última película norteamericana con pies y cabeza que ví ya no me acuerdo si era en blanco y negro o de Billy Wilder..., probablemente las dos cosas. Juraría que por aquellos entonceses ni las palomitas estaban inventadas. Malo es que la tontería se extienda hoy en día con tanta facilidad, como ese cheque sin fondos que circula mientras no lo cobren, pero que encima se pretenda institucionalizar la mediocridad como algo divertido y admirable..., pues mira, como que no. Para ese viaje no hace falta alforjas. Me quedo en los toros, donde por lo menos la sangre es real.
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El espectador actual (de cine, de teatro, de música...) ha perdido sus referentes por culpa del carácter antieducativo de la televisión: ya no nos acercamos a Edipo, a Hamlet, a Fausto o a Mozart para gozar de sus piezas y de sus creaciones como una "invasión" de cultura, con la fe de los hombres inteligentes. En el maremagnum de información y de datos con que permanentemente se nos invade, lo más superficial y de menos valor es lo que mas espacio ocupa y lo que más ruido hace. Ya no hay apenas casi nada que nos provoque ese cosquilleo intelectual que se asocia al descubrimiento gozoso de la autenticidad: han convertido el universo en un almanaque..., y hasta sus contradicciones son chistes que pretenden vendernos antes de que las aplaudamos.
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El futuro demostrará si la violencia de las muchedumbres y el hartazgo de los tontos logra imponerse. Pero igual que la escuela está acabando con la cultura y los medios de comunicación están acabando de rematar a la opinión (en su más puro sentido etimológico o filosófico, "doxa"), hay que empezar a preguntarse si hacer el camino a solas no tendrá más ventajas que el orden de combate de la modernez democratizada. Vale que la "civilización" sea bondadosa y monótona, pero en los tiempos que corren la rebeldía impaciente más que una virtud empieza a parecer toda una higiene mental.
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22 enero 2008

Herodoto y Homero se buscan las pulgas

"Filosofía es filología", dijo Unamuno..., pero lo que no dijo es que, en España, todavía no. O que tampoco. Y para corroborarlo ahí tenemos los sesenta años que han pasado hasta que se ha publicado en castellano este libro de aquí al lado, El descubrimiento del espíritu (Estudios sobre la génesis del pensamiento europeo en los griegos), la obra maestra del helenista Bruno Snell (Acantilado, 534 pp; 29 euros), que no es por nada, pero vergüenza debería darnos. Dicen que hubo una primera traducción en 1963 del profesor José Vives para la Editorial Razón y Fe, pero si alguien la ha visto alguna vez que venga y me la clave en la frente. De este pensador alemán lo único que se conocía hasta ahora en España es La estructura del lenguaje (Gredos, 1967). Lo demás es silencio.
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Escribir filosofía desde la literatura es una de las cosas más difíciles que hay. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, a primera vista Homero no termina de casar con Heráclito, la idea con la lírica, los griegos con los símbolos, los unos con los otros. Nos lo tienen que explicar. Por ello, que algunas lumbreras como esta bestia parda de la erudición con nombre de maquinilla eléctrica se hayan dedicado a desentrañar los orígenes del pensamiento occidental es algo digno de mucho encomio. Vamos, que hay que ser tonto para que no te gusten este tipo de ensayos, y lo digo con todos mis respetos. Pues en este país ni gustan, ni se valoran, ni se venden, ni se traducen..., ni cristo que lo fundó. Desde 1948 fíjense lo que habrá llovido, que entre los especialistas en la materia se cuestionan ya muchos de los presupuestos de esa primera edición de Snell (Hamburgo), pero cualquiera de nosotros que se acerque a esta obra por narices tendrá que sentirla como recién salida del horno, más viva que un escorpión en el zapato: no podemos decir que estamos de vuelta, porque aún ni hemos ido. Creo que me explico.
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Si además les confieso que está escrito con una sapiencia, con una delicadeza y con una gracia cómplice de las que ya no se estilan, pues no me invento nada. Si le interesa la cuestión de cómo, porqué y cuándo pensamos lo que pensamos, no deje de añadirlo a su biblioteca (lo de leérselo puede aplazarse hasta las vacaciones del verano, tampoco nos pongamos estupendos...). Verán cómo después entienden muchas cosas de ese drama que llamamos nuestra existencia.
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29 diciembre 2007

La libertad de prensamiento

"Todo tema que circule por los periódicos sale envilecido".

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Hace años, cuando leí esta frase por vez primera se la endosé, sin dudarlo un instante, al bueno de Ciorán. Pero no, no era de nuestro amigo rumano, aunque lo pareciera. Ciorán no era hombre de periódicos. La frase pertenece a Nicolás Gómez Dávila (1913-1994), un colombiano con retranca y marcha atrás, listo como el hambre, al que ahora Savater dedica un sagaz artículo en el suplemento de Babelia. No se lo pierdan.
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Don Nicolás me recuerda un poco a Miklós Szentkuthy, enclaustrado en su biblioteca-museo durante más de 30 años, hasta el día de su muerte (tuvo un accidente jugando al polo con 26, lo que le obligó a llevar durante prácticamente toda su vida una prótesis en la cadera). Toynbee, que le visitó, dijo que tenía la mejor biblioteca privada de toda Sudamérica (30.000 volúmenes, de los que sólo el 10 % en castellano). Amante de las metáforas, estamos ante un políglota aristocrático y sincero (también muy alto). Pero no estoy de acuerdo con el título de Savater: Gómez Dávila más que "un reaccionario inconformista" era un idealista anacrónico, uno de esos tipos que coge la religión como se coge un escudo, porque es duro, frío y tiene asa..., en suma, una excusa como cualquier otra para avisar a los demás de que pueden ir preparándose. Igual podría haberla tomado con la literatura, la música, la política o la economía. Su saber enciclopédico, ese estar empapado de cultura, en todo el sentido mayestático de la palabra, le permitía hacer este tipo de cosas: despotricar contra tirios y troyanos, ponerlo todo en cuestión desde su atalaya bogotana y, pese a todo, esbozar una sonrisa irónica, triste y final. En los tiempos que corren se diría que ser conservador y provocador es casi algo implícito..., por muy rojillo que uno (sentimentalmente) sea, ya que la universalización de la cultura conlleva esa clase de peligros, que todo el mundo se crea con derecho a enarbolarla como si fuera ese trapo que Chaplin coge del suelo en la calle para convertirlo en una bandera. Con los años uno tiende a tomarles simpatía a este tipo de personajes (item Chesterton), que se abren cerrándose, un poco como para vacunarse de males progresistas peores y más inmediatos. Entre una celebración masónica y la misa, sinceramente, prefiero la segunda: por lo menos está en latín. Me hago la ilusión de que me entienden.
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Al igual que Pascal, Nietzche, los moralistas franceses, Canetti, Cioran y tantos otros que ya conocemos, Gómez Dávila está tocado por el ángel aforístico: domina esa suprema esgrima de la condensación intelectual y el rigor literario..., y a los frutos de tan libérrimo como poético pensamiento los llama "escolios". Como recopilación de tales los publicó en vida, en distintas fases entre 1959 y 1986, aunque si les interesa el autor les recomiendo comprar directamente la Obra Completa (los seis libros, 1500 páginas, en edición de lujo). Por menos de 48 euros se los trae Amazon hasta su casita. De nada.
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11 diciembre 2007

La reválida y el desperdicio


Paul Valéry es ese tipo cachondo y un poco tocado del ala que sale siempre al fondo de las fotografías, descojonado de la risa mientras contempla la cara de tonto que se le queda a los que están en primer plano. "¡Pa-ta-aaa-taaaaaa!".
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Se parece al personaje de una película de Hitchcock de la época inglesa que, al fin y a la postre y sin tener nada que ver con el mayordomo, es el que en realidad se ha cargado al señorito estrangulándolo con el corbartín escarlata. Por eso está siempre algo así como borroso, se nota que se mueve mucho. Escribiendo es igual, pero mejor: oye crecer la hierba. Fijense si ser amigo suyo debía considerarse en su momento deliciosamente demodée, que todo el mundo estaba en el secreto de que durante más de cincuenta años llevó un riguroso diario con todas sus observaciones, genialidades y salidas de pata de banco: 261 cuadernos, unas 26.000 páginas, entre 1894 y 1945. La edición "blanche" de Gallimard, que se pretende íntegra y definitiva, ya va por el décimo de la docena de tomos prevista, y empezó en 1987. Si, el cálculo es correcho, nada menos que hace veinte años. Los franceses son así..., dos décadas redonditas dando la matraca, en total ya unas 5.000 páginas con ilustraciones, estudios introductorios, etc. La nómina de colaboradores y expertos a las órdenes de los directores Nicole Celeyrette-Pietri y Robert Pickering llega a las veinte personas por volúmen. Si entienden el idioma y se quieren dar el gustazo, les advierto que cada uno de ellos pasa ya de los 35 euros y que determinados números ya son inencontrables.
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En España la primera selección de estos Cahiers (1894-1945) de Paul Valéry, de apenas 500 páginas, ha salido ahora, como el turrón "El Almendro", por Navidad..., solo que con unos cuantos añitos de retraso, y en verdad algo enjuta de carnes: concretamente, no llega ni a la décima parte del total original, porque hemos de tener en cuenta que los dos volúmenes que faltan por salir en Gallimard se corresponden con los años que van de 1912 a 1945, o sea que forzosamente tendrán que ocupar más de dos tomos y algunos miles de páginas más.
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Por lo que a mí respecta, y sin que ello suponga una crítica al trabajo del compilador A. Sanchez Robayna y al esfuerzo de la Editorial Galaxia Gutenberg-Círculo, tan respetables ellos, creo que voy a pasar de este libro muy ampliamente. Leer a Valéry en francés sigue siendo arduo, pero muy enriquecedor. Siempre merece la pena, porque la estructura de sus reflexiones y paridas mentales (solía sentarse a escribir de madrugada, poco antes de la salida del sol) posee a primera vista una frescura y un rigor descansado y agradablemente limpio que me chiflan. Tengo un par de ejemplares de la edición francesa y reconozco que si esta versión en castellano hubiera sido completa no me hubiera importado gastarme el dinero que hiciese falta..., pero para los "refritos" ya estoy algo mayor. Y los 25 euros que vale el libro que comentamos van a estar mejor empleados en otro tomo de la edición original, ahora que ya conozco las librerías cibernéticas donde encontrarlos baratitos...
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