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11 marzo 2010

El aliento y la huella


Hay un viento que mueve las cosas y a las personas, que nadie sabe cómo llegó, ni a donde va, pero que purifica e indudablemente existe, que de tan inasible parece espíritu (quizás lo sea), que de tan certero parece vivo (aunque no lo esté). Ese aire sutil es el que me lleva ahora a escribir sobre Miguel Delibes, cuando es posible que ya no se cuente entre nosotros, pero qué importa.
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Hay una línea, siempre lo he dicho, que va del Lazarillo hasta Umbral, pasando por Quevedo, Valle y Cela, que "nos" explica. Como lengua, como cultura, ¿como país? En esa línea, puramente literaria y nada intelectual (¡ay!), está Delibes, don Miguel, con su cigarrillo y sus pausas, sin nada que contar pero queriendo decirlo todo, devoto de la lucidez y lo sencillo, tan apegado a lo real que duele, tan "probable" como una religión para aquéllos que creen..., que piensan creer en algo. En Delibes la novela es una pequeña historia cabal y nada impresionante, y por ello mismo esa cosa tan viva que nuestra conciencia no puede soslayarla, ni negarla. Sus personajes, hombres del pueblo, mujeres del campo, animales y recuerdos castellanos, hablan de un tiempo que no es que se haya ido, es que parece que nunca existieron.
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Sus mejores páginas las recuerdo como el nivel cero de la literatura, allí donde parece que nada puede extraerse de la reflexión que lo provoca, un señor con boina contando cómo se capa al gocho, una mujer que se queja ante el cadáver del marido, el cazador cojo que rememora a su señorito... Sin puntos de comparación, sin exageraciones, ni tremendismos, igual que se escribe un artículo para el periódico (esa escuela que a veces es grande, grande). La acción la marca el pensamiento, una instancia que recorre todas las obsesiones de ese ser humano al que Delibes indudablemente ama, vaya que sí. Pocos escritores he visto tan vitales, limpios de corazón y nobles como este vallisoletano de los buenos, serio como sólo ellos saben serlo, va en la largueza del talle, que se conoce que imprimer carácter.
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No pierde la comba en el tránsito de la novela al artículo, como le pasa a tantos, porque todo es estilo, sin delimitar: una prosa de pan llevar, litúrgica y depurada, que nos acompaña por todos los caminos que un día anduvimos o hemos de andar, el hospital, la merienda, la escuela, la oficina, tan preñados de significados que hasta que él no los iluminó no nos dimos cuenta de cuánto de mito y ficción tienen. De poesía. Porque saber contar la misma historia milenaria, una y otra vez, es más difícil de lo que parece.
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25 noviembre 2009

Se venden amuletos en el Serapeo

En el ancho y largo campo de la egiptología, inagotable como ella sóla, tenemos una perla nueva: la Ciudad del Pez Elefante, también llamada Oxirrinco, a unos 150 km. de El Cairo. Allí desenterraron a principios del siglo pasado un par de arqueólogos ingleses más de medio millón de papiros, que desde su llegada a Oxford se han ido descrifrando con la paciencia y el rigor acostumbrados, para solaz de todos los especialistas en el tema.
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Peter Parsons nos lo cuenta todo en un libro de tanta enjundia como amenidad (Debate, 2009; 450 páginas, 30 euros). Se trata de hecho del único conjunto de textos en papiro que ha llegado hasta nuestros días casi intacto: la inexistencia de humedad en esa zona de Egipto propició que todo ese material se conservara bajo la arena en lo que, hasta su rescate, era sencilla y cabalmente un "vertedero". B. P. Grenfell y A. S. Hunt son los nombres de los dos egiptólogos enviados por la universidad inglesa en 1897 para, en sucesivas campañas que se prolongaron durante una década, desenterrar todo ese tesoro arqueológico y enviarlo a Oxford, desde donde se ha ido publicando anualmente hasta hoy (The Oxyrhynchus Papyri iba ya por el volúmen 74 en el 2008, y todavía se calcula que hay tela para otros 40 tomos más).
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En esos papiros hay desde textos de evangelios cristianos desaparecidos hasta poemas griegos inéditos de los grandes autores clásicos, suficiente material como para hacer las delicias de filólogos e historiadores de las religiones. Pero, lo que es más importante, ese hallazgo nos habla de un momento milagrosamente "congelado" en el tiempo, algo así como una Pompeya egipcia, pues los documentos cotidianos (tanto privados como públicos) de ese yacimiento nos muestran una época prácticamente ignota hasta hoy: la de los griegos que vivían en Egipto. Peter Parsons, que lleva trabajando desde 1960 en Oxford, ofrece en su libro una descripción del Oxirrinco del siglo III d.C. que no tiene comparación con ningún relato histórico anterior, ni moderno, ni antiguo. El resultado es apasionante.
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En este estudio la brillantez de la descripción no está reñida con la riqueza documental, ni con el gusto por el detalle. Parsons es un historiador hábil y un escritor seguro e ingenioso. Ha acotado un episodio de nuestra cultura muy original (la vivencia de los emigrantes griegos en una linde del agonizante imperio romano, durante la aparición del pujante cristianismo) y nos lo ha ofrecido como si fuera una aventura intelectual. Se combina la labor de detective y el escalpelo del científico. No es una novela, no es una película. Sencillamente, un buen libro de historia.
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09 noviembre 2009

Estímulos del ayer, para hoy

Incluso yo, que le tengo un odio africano desde mi más tierna infancia, debo reconocer que la estación del frio (el General Invierno), tiene al menos una cosa buena: es perfecta para el descubrimiento o la relectura de los grandes clásicos del pensamiento. Porque, si no, díganme, díganme..., ¿cuándo que no sea durante los helados amaneceres de diciembre o febrero (preferentemente en sábado o domingo, of course), se puede animar uno a batallar con los agudos ditirambos de Nietzsche o las sesudas elucubraciones de Heidegger? ¿Quién en su sano juicio que no haya sido tentado por la mantita en las piernas y la taza de café humeante, mientras a lo lejos se oye la tormenta o se siente caer la nieve, se atrevería si no con la plácida agudeza de Platón, el rigor sin fisuras de Spinoza y las alegorías incruentas de Ortega? ¿Eh? ¿Eh? Pues éso.
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La Editorial Gredos, muy puesta en estas lides como todos sabemos, acude al rescate en este inicio largo de temporada (aún brilla el sol en algunos horizontes de la patria), con una soberana apuesta por la Verdad y la Vida, ambas con mayúsculas. Responde al nombre de Biblioteca de los Grandes Pensadores, y abre el fuego nada menos que con Nietzsche y Wittgenstein, para que la cosa quede clara. Cada uno de los muchos tomos previstos (38, en principio), que irán apareciendo paulatinamente, rondará las 1000 páginas (esto es, varias obras en cada uno)..., lo que repercutirá en el precio, como no podía ser de otra forma (60 euros). Todos tendrán su estudio introductorio (en torno al centenar de páginas) y se presentarán en traducciones de una seriedad a toda prueba: Germán Cano (Nietzsche) e Isidoro Reguera (Wittgenstein) para abrir boca, por ejemplo.
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Quizás sea el momento de revisar a fondo la biblioteca y decidir si merece la pena la inversión. Y no por la cosa de la tapa dura y la profusión de notas (que también), sino porque en muchos casos las ediciones de estos autores que hemos ido manejando en recientes tiempos de incuria no son las más adecuadas, que digamos. Y no ya por la dispersión y lo fragmentario, que algunas obras parece como que nos las han ido suministrando como a los enfermos, con cuentagotas, sino porque renunciar de entrada a la misma concepción de estos escritos imprescindibles como un corpus integral es una forma de pervertirlos. Y a buen entendedor...
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Si a los que nos toca ponemos nuestro granito de arena evitando que la iniciativa sea comercialmente una catástrofe (¡ejem!), quizá podamos dentro de un tiempo hacer oir nuestra voz para la colección se amplíe y se convierta algún día en una de esas catedrales intelectuales que tanto prestigian a un país, como ha ocurrido con otras similares en Francia, Alemania e Inglaterra, por referirnos a esos vecinos con los que tanto nos gusta compararnos en otras cosas. Daríamos por buenos los años de retraso acumulados y hasta palmitas con las orejas por tener la ocasión de abrigarnos de tal guisa este duro invierno que se avecina.
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17 octubre 2009

La carga de los peltastas

Donald Kagan dice que casi toda la historia de la humanidad está compendiada en las guerras del Peloponeso. Y si él lo dice, debe ser verdad, porque si bien es cierto que de guerras sabe un rato..., de la que enfrentó a Atenas con Esparta, en particular, lo sabe todo. Un poco más y casi puede decir que hasta participó en ella el jodío.
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Los cuatro tomos de su monumental estudio (The Fall of the Athenian Empire, 78 pp.; The Outbreak of the Peloponnesian War, 208 pp.; The Archidamian War, 312 pp.; y The Peace of Nicias and the Sicilian Expedition, 248 pp.) se publicaron por la Cornell University Press entre 1991 y 2006, en un ejercicio de honestidad intelectual a los que nos tienen acostumbrados los británicos pero de los que por nuestra maltrecha piel de toro no se estilan. A los que tengan la suerte de dominar el inglés les aconsejo que se lancen a por los ejemplares que se ofrecen en iberlibro, pidiéndolos directamente a las Islas, porque están tirados de precio.
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Aquí tendremos que conformarnos con la traducción de la síntesis que el propio Kagan hizo en 2003, bastante aligerada de peso. A ojo de buen cubero, algo así como la mitad del pescado, porque si bien la edición original casi llega a las 900 páginas de letra pequeña, la recensión tiene poco más de 500..., que en España se han inflado poniéndole letra gorda (Edhasa, 768 pp). En fin, lo de siempre, otra ocasión malograda para haber hecho las cosas bien y dejar contento al personal. Y no es que andemos muy sobrados en este país de estudios sobre ese momento crucial de la civilización griega, al decir de muchos el más relevante por su significación y sus consecuencias (ideológicas o intelectuales, más que políticas). Que yo sepa, de hecho, no hay ningun estudio monográfico y por extenso sobre el tema..., de modo que tampoco nos vamos a quejar por si las flys, aunque por los 45 euros de vellón que nos sale la broma uno hubiera esperado algo más de seriedad.
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Aún está lejos, para nuestra desgracia, el día en que cualquier español podrá acercarse a la biblioteca de su barrio para empaparse del tema que le pete, recurriendo en exclusiva a los autores que hablan el idioma de Cervantes o, en su defecto, a otros que han tenido la suerte de ser traducidos. Bibliográficamente, por así decirlo, seguimos siendo una referencia de segunda mano en casi todo..., especialmente en lo importante.
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11 octubre 2009

La botonadura del esqueleto

Algunos editores son unos cabrones. O no siempre, pero sí algunas veces. O, en realidad, casi nunca, pero cuando lo son, lo son a conciencia y a la mala leche. Por supuesto, hablo de los que agrupan las obras de un autor antes editadas en un "volúmen recopilatorio" final, pasados los años: en casos así, deberían incluir un descuento para los que demuestren haber comprado ya esos primeros libros en su momento. Es lo mínimo, ¿no? Ya digo, algunos editores son unos cabrones. Éso no se le hace a un amigo, querido Jorge Herralde, como el "picao en barrena", se hace en una tablilla.
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Los cinco relatos autobiográficos de Thomas Bernhard me costaron en su día cada uno de ellos tanto como el volúmen que ahora los agrupa, tan guapamente. Algunos hasta los tuve que pedir a Argentina, en España eran inencontrables. Un ejercicio de pura mendicidad intelectual, humillante, teniendo en cuenta que hablamos del que muchos consideran el mejor narrador del siglo pasado (y no seré yo quien les quite la idea).
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El orígen, El sótano, El aliento, El frío, Un niño. Hice también la experiencia de leerlos de un tirón, seguidos por su orden, y la perspectiva no cambia. Ni el estilo, ni su "sentido" (valga la expresión): el que ha cambiado soy yo. El mazazo destemplado que supone la exploración de esa infancia sin descanso y con todo su agobio es algo así como una aceptación de nuestras primeras claudicaciones, ésas de las que no nos gusta hablar: asistimos a la desnudez psicológica de un niño inaceptable, ¿ajeno?, confuso, ¿inventado?... Hay matices (no evolución) y complicidades (no comprensión) en esas cinco novelas, las cinco partes de la pequeña historia de un mundo tan familiar como desazonador. El Bernhard autonovelado en esas páginas es un remolino de azarosos desastres, no por centroeuropeos menos inquietantes: piensa uno ahora que convivir con la desgracia bélica (o prebélica, o postbélica, qué más da) es lo mínimo que le podía pasar, porque el resto lo hacen la escuela y el hospital, a partes iguales. Si el sufrimiento ha de tener algo de ensañamiento, nuestro autor sabe dosificarlo y contarlo..., como por ejemplo en ciertas escenas de su eterna convalecencia, de muerto en ciernes como el mejor Umbral, de tísico literario, mendaz y pesimista. O sea, perfecto. Una joya.
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Y un último aviso: el libro es perfecto para regalar a-ese-tipo-de-lectores-que-saben. Ustedes ya me entienden.
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19 septiembre 2009

Evocaciones periféricas


Dentro del mundo decididamente serio y fuerte de los helenistas, los investigadores sobre la Grecia Antigua, hay dos mujeres de las cuales estoy platónicamente enamorado. Una es la francesa Jacqueline de Romilly (1913) y la otra la norteamericana Emily Vermeule (1928-2001). Los estudios de la primera son incontables (algunos de ellos, cosa rara, incluso están traducidos al castellano): son insuperables su biografía de Alcibíades y los tres o cuatro libros que analizan los fundamentos socio-políticos de la democracia ateniense. Pero hay otros también muy interesantes que tiran hacia lo literario (o filológico) y lo puramente filosófico, aunque yo quedo a la espera de que alguien traduzca alguno de sus libros de memorias (Le sourire innombrable, Les roses de la solitude, Les révélations de la mémorie), que se prometen deliciosos e inquietantes.
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Vermeule, por contra, ha escrito menos y todo en torno al período inmediatamente anterior al clasicismo (esto es, la Edad de Bronce micénica). Por suerte, dos de sus mejores obras están en nuestro idioma: Grecia en la Edad de Bronce (FCE) y La muerte en la poesía y en el arte de Grecia, ambos en FCE. La Universidad de Harvard publicó en 1982 su estudio sobre la pintura de los vasos micénicos (424 páginas, 950 ilustraciones), y desde entonces llevo esperando que alguno de los que se dicen amigos míos tenga la decencia de gastarse los 100 euros que vale en regalármelo por mi cumpleaños. Está claro que a este mundo hemos venido a sufrir y a sufrir.
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A estas dos damas hay que sumar ahora una tercera de reciente descubrimiento: la británica Ruth Padel (1946), poetisa también y de Oxford para más señas, de la que acaba de sacar la Editorial Sextopiso un apasionante libro sobre las relaciones entre la locura y la tragedia en la Grecia clásica (A quien los dioses destruyen, 440 páginas, 30 euros). No hace mucho se vió envuelta en un escándalo de proporciones mayúsculas a cuenta de su disputa con Dereck Walcott por la cátedra de poesía de la Universidad de Oxford, uno de esos tejemanejes político/sexuales que con periodicidad casi matemática de un tiempo a esta parte salpimentan todos los corrillos literarios del mundo, pero uno diría (leyéndola) que tales vanidades mundanas han pasado por su espíritu sin romperla ni mancharla. Al final, lo que queda, es la obra..., como no podía ser de otra manera.
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Y para el que esto suscribe, los tres nombres que acabo de darles, como en los anuncios, son garantía de calidad.
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28 agosto 2009

Eso


Siempre me ha sorprendido la extraña facilidad con que determinadas prácticas culturales se difuminan sobre el tejido social, llegando incluso a dar la impresión de que desaparecen, se evaporan..., no están, por decirlo lisa y llanamente. Evidentemente, no cuentan con el beneplácito de la publidad, la realidad se les muestra esquiva, rara, ¿enemiga? Y si no, díganme, díganme, ¿se nota acaso, de verdad, que está bien considerado en este país eso de leer a los clásicos, escuchar buena música y digerir el cine de calidad? ¿Se nota?
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No hay un reflejo cabal entre lo que las estadísticas dicen y lo que uno luego va palpando cuando sale a la calle. Los índices de lectura "oficiales" ya, directamente, no hay quien se los crea: ¡los momentos de hilaridad descojonante que he podido pasar con las cifras de las diferentes encuestas, sean del sesgo editorial que sean! En España no lee ni el Tato, eso está demostrado, y no hay más que ir a las bibliotecas y las librerías a comprobarlo. O a las casas de los amigos, donde las estanterías se rellenan con souvenirs, porque lo que son libros...
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En el cine la cosa es peor: no es ya que las películas de ahora sean malas (lo que disculparía en parte), sino que la inmensa mayoría de la población ni siquiera tiene criterios como para evaluar cuándo un film es bueno y por qué. Sirva de muestra el botón desolador del páramo editorial sobre la materia; todos los libros sobre cine escritos y/o traducidos al castellano caben en la mesa donde uno tiene el ordenador y las patatas fritas. Seguramente todas las obras maestras del cine mundial están ya en DVD y al alcance de la mano, pero ya me contarán quién se ha tomado la molestia de contarnos lo que no sabemos sobre ellas o de ayudarnos a interpretarlas correctamente. Pues éso.
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De la música que se dice clásica qué les voy a decir. En un somero rastreo por las páginas de descarga de discos que pululan por la red los españoles estamos a la cabeza, ¡y muy holgadamente! Echen un vistazo a los contadores de visitas que suelen alojar en el lateral, ahí podrán comprobar que únicamente los norteamericanos se acercan a nuestras cifras, porque los alemanes y los brasileños quedan ya muy rezagados. Los datos de asistencia a los conciertos y óperas no son lo relevantes que dan a entender, porque está chupado llenarlos: en una ciudad como Madrid, por poner un ejemplo, con sus buenos 5 millones de habitantes, da auténtica grimita (por no decir vergüenza ajena) que sólo contemos con un teatro en condiciones para ver ópera. Y, sin embargo, ¿no pasa lo mismo luego en cuestiones editoriales que con el cine? ¿Y qué relevancia informativa y "social" tiene la música clásica en nuestras vidas? Efectivamente, ninguna..., está simplemente de adorno.
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22 agosto 2009

Conde...bookkkkk, ajo y agua


A los tipos que nos decimos "cultos" hay una palabra que nos provoca auténticos sudores fríos: "descatalogado". Sí, para variar, estoy hablando de libros.
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Nos las prometíamos muy felices con el acuerdo entre Google y los autores/editores de hace ya cinco años, que iba a permitir digitalizar un monto considerable de ese pequeño tesoro del conocimiento humano desde hace ya tiempo fuera de las librerías (o inencontrable), cuando, ¡zas!, de golpe y porrazo, con la política antimonopolio hemos topado, Sancho amigo: nada menos que Amazon, Microsoft y Yahoo. Nuestro gozo en un pozo. Yo no sé de los milagros de la política editorial y de sus recovecos judiciales, pero todo me huele mucho a envidia cochina , aparte de a chamusquina. De la entidad de los opositores, autodenominados para la ocasión con el hortera nombre de Open Book Alliance (manda cojones), cabe esperarse lo peor. Por lo pronto, me están entrando unas ganas de devolverles en cachitos mi carnet de socio a los tres mosqueteros que no veas...
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Esta visto que en este mundo lo que prima es el dinero, y lo demás son pollas en vinagre. Mucha defensa de la cultura y mucho respeto a las sacrosantas libertades espirituales, pero cuando peligra una porción del corralito propio aquí el que no llora no mama. No sé yo a santo de qué esos tres gigantes de las telecomunicaciones tienen que meter la gamba en un acuerdo que parece (o parecía) irreprochable desde todos los puntos de vista. ¿No había un acuerdo entre las partes interesadas, autores, editores y difusores? ¿Se dejaba acaso de pagar en algún momento los correspondientes "derechos de autor"? ¿Quién coño pierde en este caso, si tenemos en cuenta que son libros que no existen ya en las tiendas, y por los cuales ni editores ni autores van a ver un duro, salvo que Google consiga colocarles una versión digital a futuros interesados?
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Que yo sepa, nadie ha mencionado en este caso la palabra "gratis". ¿Acaso alguno de esos tres adalides de la libertad de pensamiento es capaz de ofrecer ese mismo servicio en mejores condiciones? ¿O no será que lo que jode es que se les hayan adelantado? Que todos sabemos que, en materia informática, cinco años son todo un mundo. Ya sólo falta que tumben también los proyectos en marcha para digitalizar los fondos de las Bibliotecas Nacionales de todos los países desarrollados y la faena les habrá salido redonda. Y luego dicen que es la fotocopia lo que mata al libro, si...
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07 junio 2009

Trovadores, copistas y cantares


La Edad Media es la cenicienta de los estudios históricos y literarios en España: poco o nada conocidas, peor entendidas y casi siempre despreciadas como cosa de poco valor, las grandes obras del pensamiento medieval pasan como de puntillas por los planes académicos..., incluso en la universidad (salvo para los especialistas). Que precisamente el país europeo que puede presumir de una herencia más rica y variada en este sentido sea el que menos atención preste a sus tesoros culturales es muy significativo; no hablemos ya de los de más allá de los Pirineos, para nosotros una verdadera terra incognita.
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Cualquiera diría que en esta vieja piel de toro entre los visigodos y Cristóbal Colón no hubo más que guerras y una sorda labor de zapa intelectual que se llevó por delante a lo único verdaderamente curioso y llamativo que parieron judíos, moros y cristianos. Si Toledo fue Capital de las Tres Culturas y Cordoba la sede califal más tolerante y cabal de la historia, no se entiende entonces cómo es posible que ahora le preguntes a cualquier persona (incluso culta) por los frutos de aquellos siglos y ni el Tato se acuerda de Al-Tifasi o Joan Roís de Corella..., por mucho que remotamente les suene Don Juan Manuel, Avicena y Berceo. Es cierto que las primeras obras de relevancia en lengua romance surgieron ya entrado el siglo XIII, pero ello no debería ocultar el hecho de que antes por toda Europa ya circulaban una serie de cantares, libros y poemas de una calidad excepcional.
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Al rescate de estas joyas del pensamiento acudió la Editorial Gredos en 1992, con la publicación de las primeras traducciones castellanas (y modernas) de Rutebeuf, Marie de France, Usama Ibn Munqib y Rodríguez Velasco. Como puede verse, se cuentan en el catálogo no solo las obras en romance, sino también otras en latín medieval, hebreo, textos germánicos y eslavos, así como varios bizantinos y árabes. De la solvencia de las traducciones y de los análisis críticos de esas recopilaciones nos ofrece una buena pista el hecho de que el director de la colección sea Carlos Alvar. Más no se puede pedir..., aunque en los últimos años parece que el proyecto se encuentra algo estancado: entre éso que llaman el gran público la idea no parece haber calado, para variar.
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En cualquier caso, para los que sientan la curiosidad de enfrentarse al Cantar de Guillermo, el Esparcimiento de Corazones o la Saga de los Volsungos, que sepan que la Libreria Fontana tiene todavía en sus catálogos varios restos de la colección a un precio sencillamente tirado (entre 3 y 8 euros). Revisen los boletines o llamen directamente y verán qué sorpresa. De nada.
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18 mayo 2009

Una mujer desnuda y en lo oscuro

(...) es una vocación para las manos.
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Pero el propio Benedetti lo cuenta mejor, en este recital de apenas una hora y media, con algunos de sus mejores poemas y la cadencia cercana, medida y cabal de un buen amigo con ojos como charcos, corazón coraza, que todo consiste en saber a ciencia cierta, como usted sabe, que puede contar conmigo.
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15 mayo 2009

Parens Patriae


Ronald Syme (1903-1989) es una de las piedras angulares de la historiografía antigua, y cualquiera que haya leído su obra maestra, La revolución romana (Oxford, 1939), no podrá desmentirlo. De este libro soberbio han bebido todos los especialistas que desde entonces han investigado y escrito sobre la antigua Roma..., así como otros muchos dedicados a diferentes áreas del conocimiento histórico. En España lo tradujo el profesor A. Blanco Freijero y lo publicó Turner en 1989, por lo que gracias a ello algunos chalados todavía podemos encontrarlo en determinadas bibliotecas y darnos el gusto de releer y saborear determinados relatos de la decadencia de la república romana y los comienzos del imperio de Augusto. No lo busquen en librerías ni en la Red, porque ya no hay ejemplares disponibles para la compra: otro más para el saco de las joyitas que me encargaré de reeditar cuando me toque la primitiva, y van...
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En el repaso de la bibliografía de Sir Ronald se mencionan también dos biografias antológicas sobre Tácito (Oxford Univ.. Press, 1980; 2 vols., 872 pags.) y Salustio (Univ. California Press, 1964; 433 pags.), que por estos lares no se han visto ni en pintura, no digamos ya su traducción. (Sí, hoy es uno de esos días en que me levanto y me pongo el cilicio antes de desayunar, por no haber aprendido inglés en la escuela.) Porque lo malo no es que no pueda disfrutar éstos concretamente..., es que no hay en castellano nada ni siquiera remotamente parecido. ¿Qué estudios de conjunto, amplios y pormenorizados, hay publicadas en España sobre los grandes personajes del mundo grecolatino, quitando a los emperadores y los dirigentes políticos? Con los dedos de una mano se cuentan, y todavía sobran. Hagan la prueba de buscar cuántos existen en inglés y verán qué risas.
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En España (ya lo llevo dicho muchas veces) la historia de la pandereta y la chorrada cultureta nos la tenemos muy bien sabida..., porque hay biografías de cualquier personajillo que reúna las suficientes condiciones de trivialidad, chabacanería y tontuna. (Y no hace falta dar ejemplos, que señalar con el dedo está muy feo.) Otra cosa es el cariño y la dedicación al análisis de la existencia de esos pequeños grandes personajes que trazan los designios existenciales de los pueblos mostrando el único y esforzado camino que merece la pena: el del estudio, el conocimiento y la especialización intelectual..., en suma, "ciencia y letras". En ese campo, cero patatero. Y mientras no conozcamos en detalle cómo se sufrió (y se sufre) en nuestro país a la hora de pensar, escribir, componer y pintar, puessssss..., casi mejor que nos limitemos a ganar el Tour de Francia o la Eurocopa de Futbol. Lo demás es pan con tortas, y hasta es posible que más no tengamos porque más no merecemos. Vale.
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10 mayo 2009

Servidumbres debidamente consignadas

Las modas culturales son una peste, el mejor antídoto contra la lujuria tranquila del conocimiento, pues anegan de basura todo cuanto tocan y lo vulgarizan y dejan por imposible para los restos. No hace falta dar detalles: en materia de investigación histórica, por ejemplo, da autentica grimita ver cómo un tema se torna "actual" bien porque coincide con una celebración o bien debido a que, circunstancialmente, parece interesar a una extensa capa de la población. (véase el apartado película de la semana). El resultado es siempre el mismo: a partir de ese momento no hay dios que se acerque a él.
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Cuando me dejo llevar por el deseo de indagar algo nuevo en las bibliotecas casi siempre tiro hacia los sitios donde hay más polvo. No falla. Allí donde hace lustros que nadie ha sacado un libro suelen estar los volúmenes más interesantes y enriquecedores de la materia..., un caudal de curiosidad generosamente dispuesto para saciar al más exigente de los diletantes. Busque siempre entre los clásicos de la materia (historia, filosofía, literatura, arte, música), repase la hoja inicial donde se consignan las fechas de préstamo de los libros y si comprueba que llevan más de 15 años sin moverse del estante, ¡zas!, acaba usted de encontrar un tesoro. Probablemente sea una cuestión sobre la cual sus conocimientos son frágiles y dudosos, casi siempre prejuicios sin alicatar por la falta de tiempo, ¡ay!, pero no desespere: todo tiene arreglo con paciencia y saliva.
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Aquellos que, como un servidor, gustan de las monomanías temporales y excluyentes, me comprenderan. Dada una línea de investigación, hay que seguirla hasta el final, hasta el agotamiento (casi siempre por falta de recursos). Pero, entre tanto dura, nada puede dejarse al albur de la prisa o el desinterés: o César o nada. Dejemos para los enganchados a la televisión la tonta felicidad del que sabe "un poquito de prácticamente todo". A otros nos gusta la crueldad frustrante del que lo sabe todo/todo/todo de lo estrictamente justo e interesante y todavía rabia por no poder hacer más.
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19 abril 2009

Ese arte delicado y enérgico

En varios estudios sobre la obra de Quevedo, Cervantes y Gracián ya me había topado a veces, como de refilón, con el nombre de Trajano Boccalini (1556-1613), un satírico italiano que asombró a Europa allá en los inicios del S. XVII con sus Ragguagli del Parnasso ("Avisos del Parnaso"). Pero he tenido que esperar hasta bien entrada la lectura del último (y delicioso) libro de Marc Fumaroli, Las abejas y las arañas. La Querella de los Antiguos y los Modernos (Acantilado, 2008), para tener detalles de primera mano de su verdadera y singular importancia en el panorama de las letras europeas. Para nuestra desdicha, no existe una traducción moderna de los escritos boccalinianos, y hemos de conformarnos con la de Fernando Pérez de Sousa, que data de 1634 y que pone a nuestra disposición en edición facsímil la Universidad de Granada. Menos es nada...
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Esos Avisos olían tanto a azufre que no obtuvieron el imprimatur de las autoridades eclesiásticas romanas, por lo que tuvieron que editarse en Venecia (1612). Se agrupaban por "centurias", y en ellos el imperio español de Felipe III no salía muy bien parado, que digamos, lo cual explica que mientras en toda Europa se devoraban con deleite, en nuestro país apenas se conocían en círculos muy restringidos. Se cree que la muerte del propio Boccalini en 1613 en Venecia hay que ponerla en la cuenta de ciertos "agentes españoles".
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Algunos de los relatos cómicos (que no otra cosa son los ragguagli) entroncan directamente con la obra de autores como Montaigne, Voltaire y Swift, nada menos. Por extensión y calidad son tan diversos como chispeantes, claramente la obra de un escritor amamantado en la sal ática y la libertad espiritual de los grandes hombres del pasado clásico (Séneca, Luciano y Tácito, en primer lugar). Si hay que buscar un orígen "moderno" a lo que ahora y desde hace un par de siglos llamamos periodismo político/literario, pregunten por Boccalini, al que la naciente difusión de ese invento maravilloso que fue la imprenta le vino como anillo al dedo..., aunque el buen hombre no lo pudo disfrutar en esta vida, bien es cierto.
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27 marzo 2009

Dios sintió durar la eternidad

Ha habido que esperar hasta el 2008 para contar con la primera traducción castellana de alguna de las obras de ese extraño híbrido entre poesía y filosofía que es Jeanne Hersch (1910-2000), una autora prácticamente desconocida en España, pese a que la hemos tenido como quien dice delante de las narices (concretamente en la División de Filosofía de la UNESCO, de la que fue directora durante varias décadas). Me estoy refiriendo a una breve selección de ensayos publicada por Acantilado, El nacimiento de Eva (2008, 80 páginas). Menos da una piedra. Esperemos que la prometida traducción de L'éttonement philosophique, su particular y originalísima "historia de la filosofía" desde los milesios hasta Jaspers se traduzca al menos completa (la edición francesa de Gallimard tiene 462 páginas).
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Jeanne Hersch, como dice Starobinski en el prólogo de este libro, reivindica constantemente la pureza y "honestidad" del concepto, al tiempo que rompe una lanza por la exactitud simbólica de la poesía, a la que nunca hay que excluir: pensar, saber, comunicarse..., consiste al fin y al cabo en hacerse presente en el deseo de verdad, en despertar a la forma y reflexionar sobre ella. La metáfora nace por eliminación, pero espontáneamente, con la fuerza de una convicción. Y, al mismo tiempo, así, en esta densidad etimológica, florece la filosofía, afirmándose entre las ideas y los valores (la ética es un imperativo tanto como un afán). Como podemos ver, el recuerdo de los diálogos platónicos está presente en todo momento..., aunque sin el diálogo.
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Porque aunque los siete ensayos del libro tienen una procedencia variable y una calidad también desigual, los hay excelentes, de un fulgor diamantino, sugerentes y hermosos, dignos de una mujer enamorada de la vida. En el estilo de una María Zambrano, pero sin la puñalada del exilio. No sé si me explico.
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04 marzo 2009

Horacio, en compañía de otros...


Entre los primeros enlaces que añadí a mi carpeta de "favoritos" (allá por el paleolítico internetero, ay) recuerdo con emoción tres perlas que sólo quien ha tenido la suerte de descubrirlas (y necesitarlas) sabe lo que valen..., esto es, su peso en oro: las páginas en castellano dedicadas a Heidegger, Derrida y Nietzsche trazadas con mano maestra por ese sabio cabal y altruísta que es Horacio Potel, nuestro profesor de Ética y Epistemología en la Universidad Nacional de Lanús (Argentina).
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La Cámara Argentina del Libro, algo así como una S.G.A.E. con acento porteño, ha decidido que los textos de los pensadores arriba reseñados deben someterse al escrutinio de la Unidad Fiscal de investigación de Delitos Tributarios y Contrabando (UFITCO), algo así como un Gran Hermano de las letras y las ciencias dedicado a impedir la cómoda difusión del pensamiento libre (el bueno, me refiero). Háganse una idea del volúmen de visitas que tendrán las páginas del amigo Horacio, como para que esos dos organismos oficiales hayan tenido la peregrina idea de considerarle un sujeto peligroso y sobre el que debe caer todo el peso de la ley. En la web de nuestro querido Phiblógsopho se dan todos los detalles, no se los pierdan.
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De este caso podríamos decir lo mismo que del problema de la justicia con el top manta y las descargas P2P en España, "Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señor". La verdad, dá un poco de grimita, con la que está cayendo tanto en Argentina como en España, ver a tantos prohombres de la legislatura y el funcionariado dedicados a demonizar a los pobres de pan llevar que sólo pretenden leer y escuchar música sin que les cueste un pastón. Dentro de unos lustros, cuando lo contemos, nuestros bisnietos no se lo van a creer...
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Por lo pronto, desde estas páginas va un abrazo muy fuerte para Horario, al que me comprometo a enviar una lima dentro del bocadillo cuando lo enchironen. Había pensado en meterla en un libro, que irá en el mismo paquete, pero me temo que ahí los policias sí que van a mirar.
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18 febrero 2009

La dicha de enmudecer

Los recitales de lied del Teatro de la Zarzuela tienen un "plus", la visita previa a la que considero la mejor librería de Madrid, la Antonio Machado, que está al lado, y nunca mejor dicho. Es la única de la que muy rara vez soy capaz de marcharme sin haber comprado algún libro..., y lo normal es que me quede con las ganas de echar algún otro más al saco. Para lo pequeña que es lo cierto es que aprovecha muy bien el espacio de novedades y sabe "vender" excelentemente lo mucho de calidad que tienen. Es una librería que prescinde de la paja literaria y del best seller de aluvión, un santuario para los que entienden (entendemos). El que se pasó por allí lo sabe.
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Junto con Visor, otra de las grandes, tiene su editorial propia, como está mandado. En su catalogo hay una colección de las que a mí me gustan, "La balsa de la medusa", en la que se recogen estudios de un tirón intelectual y una solvencia a prueba de bombas (las de la estupidez, me refiero): historias de la estética, escritos sobre el arte, análisis antropológicos y filosóficos sobre el placer y las ideas, etc. Todo más o menos en la misma línea..., aunque todo lo contrario., porque ya me contarán qué tienen en común Kant y Parménides con Valéry y Goya, pero ahí los han metido, a charlar de sus cosas. Les van tomando apuntes y haciendo las reseñas especialistas de la talla de F.M. Cornford, E. Bloch, Baudelaire, Edgar de Bruyne, Apollinaire y algunos investigadores españoles de relleno. Si les digo que esos libros, además, son relativamente baratos. (entre 10 y 18 euros, de promedio), pues ya tienen todas las piezas para componer el puzzle. Son perfectos para esos días que se estropea la televisión.
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El último que rescaté de ahí es Hölderlin y los griegos de Salvador Mas Torres (1999, 160 páginas), seguramente uno de los mejores estudios sobre la poesía del loco de Tubinga. Entre otras cosas lo compré porque es casi lo único que tenemos en castellano sobre este poeta, y como quiera que un día sí y otro también toca algún lied basado en poemas suyos en el concierto subsiguiente, puesssss... (Por cierto, una pena que Franz Schubert, contemporáneo suyo, no llegase a conocer su obra). Pero como el Señor nunca abandona a los buenos creyentes, hace pocos días ha salido a la calle la primera biografía que podríamos llamar canónica de Hölderlin (El rayo envuelto en canción), de la mano de Antonio Pau (Trotta, 424 páginas, 30 euros), el mismo del que ya se comentó aquí su biografía de Rilke. Como miembro de la Hölderlin Gesellschaft, este investigador de la lírica alemana ha tenido acceso a los archivos personales y la correspondencia del poeta, que por otro lado conoce muy bien porque su figura ha sido un referente ineludible en todos sus libros anteriores (más de 40). Corran a por su ejemplar, que poco van a durar (al menos en la Antonio Machado).
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02 febrero 2009

Destinos temporales..., o imaginarios

La Editorial Crítica tiene en su catálogo una sección deliciosamente prescindible y ajena a los avatares de este mundo que, con la locura inconsciente que caracteriza a algunos del ramo, ha titulado Letras de Humanidad, y con la que (cito textualmente), se pretende rescatar el "afán intelectual y el modelo educativo propugnados por el Renacimiento italiano". El emblema de la colección es el festina lente ("apresúrate despacio") y su símbolo, un cangrejo que atrapa a la mariposa. Como comprenderán, a partir de estos presupuestos, se entiende que no vendan una escoba (aparte el hecho de que son libros algo caros, por razones obvias).
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De ahí he salvado las 30 conferencias sobre Shakespeare que el poeta W. H. Auden dió en Nueva York entre el 9 de octubre de 1946 y el 14 de mayo de 1947, y que Arthur Kirsch ha reconstruído y recopilado a partir de los apuntes de Alan Ansen y otros en Trabajos de amor dispersos (2003, Ed. Crítica; 500 páginas), un pedazo de libro impagable que en la Librería Fontana pueden conseguir al ridículo precio de 10 euritos, un tercio de su P.V.P. Llamen y pregunten, que a lo mejor hay suerte y aún les queda algún ejemplar. De nada.
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Durante los dos semestres que duró ese curso, Auden fue analizando una por una, y por orden cronológico, prácticamente todas las obras de Shakespeare (se quedaron en el tintero Las alegres comadres de Windsor y Tito Andrónico, aunque compensó incluyendo los Sonetos). Tras la exposición del poeta se abrían los debates, que se completaban los sábados por la tarde sólo para los matriculados oficialmente con una serie de estudios pormenorizados de tipo filológico sobre Hamlet y La tempestad. Pues sí, con este tipo de cosas se entretenían algunos cuando no había fútbol (o beisbol, en este caso) televisado...
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De la solvencia de la edición de estos ensayos críticos puede dar fe el hecho de que el capítulo de apéndices, índices y notas ocupa nada menos que 140 páginas. Se conjungan así el placer del experto tiquismiquis que quiere saberlo todo, con la alegría liviana y festiva del que sólo pretende que se lo cuenten bien, bonito y barato. De lo primero se ocupa el eficiente secretario; de lo segundo, el lindo poeta. La verdad, por 10 euros no sé qué más se puede pedir...
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31 enero 2009

Inmunes a la envidia


Nada me hace reir tanto últimamente como los tebeos de Mortadelo y Filemón (aunque reconozco que la Constitución Española de 1978 también tiene su tirón, eh...) y el estudio anual sobre los índices de lectura en España de la Federación de Gremios de Editores (que se publica en colaboración con la Fundación Germán Sánchez Ruipérez y que, por cierto, pueden descargarse totalmente gratis aquí). En su edición del 2008 dice que los españoles estamos en la vigesimoprimera posición del escalafón en lo que se refiere a "frecuencia lectora" (les recuerdo que en la UE hay 27 países...), lo cual no está nada mal, ¿verdad? Si con estas cifras hemos ganado una Eurocopa de fútbol, Roland Garros, el Tour de Francia, el Giro de Italia y no sé cuántas cosas más, no consigo imaginar hasta dónde vamos a llegar el día que nos pongamos en serio con los libros. Que se vayan preparando los chinos para las próximas Olimpiadas, que se van a enterar.
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Pero a lo que iba era a contarles que en la última visita a la web de la Residencia de Estudiantes se me pasó por alto darle a la uña sobre el apartado de publicaciones, de suerte que me quedé sin reseñar una de sus últimas novedades, nada menos que una edición especial con la colección facsímil de los ocho números de la revista Tierra Firme (1935/1936), sí, la de Enrique Díaz-Canedo y Américo Castro, la del Centro de Estudios Históricos. Vienen acompañados de un tomo introductorio y dos más con los índices (1.628 páginas), todo ello en una presentación más chula que la pera y por solo 60 euritos de vellón. Corran a por ella antes de que se agote, que luego todo va a ser llanto y rechinar de dientes.
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Y calentito todavía y con olor a tinta fresca en la cubierta tenemos una monografía de Julio Neira sobre Manuel Altolaguirre, el impresor y editor de la generación del 27 (entre otras cosas), uno de esos libros que uno sólo encuentra en Francia, escrito por, para y sobre personalidades francesas..., y muy de tarde en tarde. Que la mayoría de nuestros estudiantes todavía no sepa quién es éste hombre (mayormente porque nadie se lo ha dicho) es un escarnio al que pretenden poner remedio estudios de este talante (716 páginas, 25 euros). Cuando se termina de cerrar libros así es cuando uno constata que el problema de este país estriba, sin ninguna duda, en que faltan tíos lanzados, altruístas y con olfato intelectual como Altolaguirre, porque genios y creadores tendremos todos los que queramos (aunque según, cómo y cuándo, claro está...), pero no valen una mierda si no cuentan con alguien detrás que les cubra las espaldas literarias. En esas batallas estamos todavía, y lo que nos queda...
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24 enero 2009

Unos ojos rabiosamente libres

Hay novelas que, de puro placer, se leen tan rápido que jode. (Acabarlas, quiero decir.) Especialmente cuando sabemos que ya nos quedan pocas por estrenar de ese autor, y que una hipotética re-lectura todavía no se presenta macerada por el suficiente lapsus temporal como para que nos revierta aunque sea un poco de la frescura primigenia.
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Me pasa con John Fante. Aunque los de "Anagrama" dicen otra cosa, quiero engañarme e imaginar que la mayoría de sus mejores novelas quedaron sin publicar a su muerte y todavía están, escondidas, a la espera de que alguien las rescate de un baúl sin misericordia. Y es que a este hombre, con sólo 46 años, en 1955, cuando empezaba a consolidar una incierta y titubeante fama como novelista (su trabajo como guionista en Hollywood sólo le servía para pagar las facturas), se le diagnosticó una diabetes galopante que le llevó a la ceguera en 1977. Aparte la cuatrilogía sobre Arturo Bandini, apenas media docena de libros jalonan su producción. El último, Llenos vida, me ha dejado una sonrisa de gratitud y de reconciliación con la literatura tal que si hubiera muerto en ese instante hubiera ido derechito al cielo de Chesterton y Cioran..., con permiso de Bukowski.
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En esta novela el protagonista es directamente John Fante, sin trampa, ni cartón, ni alter ego. Un escritor que empieza a tener éxito (tres novelas publicadas), con una mujer preciosa que espera su primer hijo, y que gana el suficiente dinero como para comprarse una casa..., para comprobar horrorizado a los pocos meses que el suelo de la cocina se lo están comiendo las termitas. No le queda otra opción que ir a buscar a su padre, el mejor albañil del mundo..., y al mismo tiempo un tipo tan peculiar que parece imposible que el escritor se lo haya inventado. La madre es más normal..., aunque es una impresión engañosa. En cualquier caso, el relato de la relación de Fante con sus padres posee tanta fuerza que por momentos uno no sabe si las chispas que salen del libro nos van a quemar las pestañas. La novela tiene ritmo, gracia a espuertas, inteligencia de la buena, novedad y frescura como para despertar a un muerto: su estructura "vital" y su mensaje (el de un Fante ateo, feliz y sentimental) no es que nos recuerde a una película, es que nos desarma, como si momentos antes hubiésemos tenido entre las manos una ametralladora. No se la pierdan.
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Y, por cierto, para los buenos aficionados que ya nos hemos leído todas las que han sacado..., creo que nos merecemos al menos que los de "Anagrama" traduzcan también sus Cartas, 1932-1981 (2002, 384 páginas) y la biografía que ha escrito Stephen Cooper (John Fante. Fill of Life, 2005; 400 páginas). Amor con amor se paga.
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19 enero 2009

El color y otras malinterpretaciones











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La excesiva parcelación del conocimiento (evidente y nefasta en los actuales planes de estudio universitarios, por ejemplo) no debería impedirnos el disfrute de esa larga serie de obras históricas, colindantes con la literatura, a las que ya etiquetamos como "clásicas" más por reconocer su buen gusto y calidad que su actualidad intrínseca (o modernidad, que ésa es otra). En lo que se refiere a "vitalidad", item más, poco puede añadirse ya..., que como decía el sabio, no es que los oráculos hayan dejado de hablar, es que los hombres han dejado de escucharlos.
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Durante el segundo año de carrera discutíamos con ardor sobre cuál de las tres partes de la Historia de las cruzadas de Steven Runciman (1954) era mejor. No era una disputa baladí, pues venía a indicar, primeramente, quién había tenido la suerte de hacerse con los tres ejemplares y, por otro lado, el lugar que ocupaba la especialización medievalísta en el particular imaginario profesional de los futuros historiadores que se supone que éramos. ¡Ay! Quién me iba a decir a mí entonces que el problema iba a ser, andando el tiempo, precisamente encontrar esos libros para poderlos leer.
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Hace poco, cuando salió el último estudio serio sobre la cuestión, Las guerras de Dios (Christopher Tyerman; 2007, Edit. Crítica; 30 euros) volví a recordar todo ésto que les cuento. Y cuánta gracia me hizo en su momento el comentario de ese profesor de Literatura Clásica (que sustituía al titular de Historia de la Baja Edad Media, ¿¡!?) cuando nos confesaba entre susurros que la costumbre humana de interesarse por minucias había llevado a la especie a grandes descubrimientos. Y casi siempre nos ponía como ejemplo el caso de los cruzados y sus mil peripecias..., todo ello en una época en que la serie sobre Indiana Jones no había hecho sino arrancar, lo cual tiene todavía más mérito.
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La reedición de la obra maestra de Runciman (Alianza, 2008; 45 euros) es una buena ocasión para desempolvar esas antiguas querellas que en su día tuvieron el acierto de las discusiones interesadas y todo el frescor de la motivación juvenil. Detengámonos por un momento a pensar en la cantidad de chorradas con las que perdemos el tiempo ahora y saquemos nuestras propias conclusiones. Mi consejo es que se compren los dos libros (son perfectamente complementarios) y no aplacen su lectura para el verano, no vaya a ser que en el interín a los de Hollywood les dé por redescubrir también el tema y tengamos al hijo de Indiana rebuscando entre los faldones de Saladino and company.
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