El aliento y la huella
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Hay una línea, siempre lo he dicho, que va del Lazarillo hasta Umbral, pasando por Quevedo, Valle y Cela, que "nos" explica. Como lengua, como cultura, ¿como país? En esa línea, puramente literaria y nada intelectual (¡ay!), está Delibes, don Miguel, con su cigarrillo y sus pausas, sin nada que contar pero queriendo decirlo todo, devoto de la lucidez y lo sencillo, tan apegado a lo real que duele, tan "probable" como una religión para aquéllos que creen..., que piensan creer en algo. En Delibes la novela es una pequeña historia cabal y nada impresionante, y por ello mismo esa cosa tan viva que nuestra conciencia no puede soslayarla, ni negarla. Sus personajes, hombres del pueblo, mujeres del campo, animales y recuerdos castellanos, hablan de un tiempo que no es que se haya ido, es que parece que nunca existieron.
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Sus mejores páginas las recuerdo como el nivel cero de la literatura, allí donde parece que nada puede extraerse de la reflexión que lo provoca, un señor con boina contando cómo se capa al gocho, una mujer que se queja ante el cadáver del marido, el cazador cojo que rememora a su señorito... Sin puntos de comparación, sin exageraciones, ni tremendismos, igual que se escribe un artículo para el periódico (esa escuela que a veces es grande, grande). La acción la marca el pensamiento, una instancia que recorre todas las obsesiones de ese ser humano al que Delibes indudablemente ama, vaya que sí. Pocos escritores he visto tan vitales, limpios de corazón y nobles como este vallisoletano de los buenos, serio como sólo ellos saben serlo, va en la largueza del talle, que se conoce que imprimer carácter.
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No pierde la comba en el tránsito de la novela al artículo, como le pasa a tantos, porque todo es estilo, sin delimitar: una prosa de pan llevar, litúrgica y depurada, que nos acompaña por todos los caminos que un día anduvimos o hemos de andar, el hospital, la merienda, la escuela, la oficina, tan preñados de significados que hasta que él no los iluminó no nos dimos cuenta de cuánto de mito y ficción tienen. De poesía. Porque saber contar la misma historia milenaria, una y otra vez, es más difícil de lo que parece.
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