
Tras
Trilogía de Madrid (1984), uno de sus mejores libros, el
personaje Francisco Umbral está ya perfectamente definido, terminado, pulido. Aunque le falta por escribir todavía más de la mitad de su producción (que sobrepasará con creces el centenar de obras, recordemos), su estilo y su carácter le delatan, ya viven por él (y, a veces casi como a su pesar): en el periódico, en la novela, en la polémica, allá donde vaya, Umbral tiene voz propia,
ejerce de Umbral… y eso llega un momento en que cansa (y parece que mucho). Después de esas “memorias prematuras”, como él las llamó, toca una retirada a los cuarteles de invierno. De esa época data el manuscrito de
Carta a mi mujer, entre 1985 y 1986.
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¿Por qué no lo publicó entonces? Yo creo que por pudor. Es un libro que habla demasiado de su relación con España, su esposa, que ofrece demasiadas pistas sobre el autor y su, digamos, función social en el Madrid literario del momento. Umbral tiene entonces cincuenta y tantos años, pero aún no está de vuelta de muchas cosas: todavía tiene que ir a ellas, pasarlas y, en algunos casos, sobrepasarlas. Todos sus laureles y premios literarios (un ejemplo) están por llegar, y los que han leído sus artículos en la prensa y las novelas “memorialistas” de las dos últimas décadas de su vida saben a lo que me refiero (también tiene que ajustar cuentas con su madre, otro ejemplo). Por estos años, todavía sin solucionar del todo el, ejem, “problema económico” (lo que ocurrirá cuando fiche por el diario "El Mundo", diez años después), a Umbral le interesa seguir escondiendo sus cartas porque sabe muy bien qué es lo que más vende, lo que de verdad le hace ganar dinero, lo que mejor apuntala su “arquitectura” literaria y periodística. La poesía, en cambio, no se vende (lo ha dicho varias veces), y éste que comentamos es, en cierto modo, un libro de poesía.
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Dos décadas después (2007), ya plenamente consagrado como el mejor prosista en castellano de la segunda mitad del siglo XX (con permiso de Cela y Delibes), pide a su mujer que saque el manuscrito del cajón y lo prepare para publicarlo. Esto es importante: el propio Umbral había decidido esa publicación, no es iniciativa de su esposa, tras su muerte, como se creyó inicialmente, como yo mismo llegué a pensar en un primer momento. Me da la sensación incluso de que llegó a revisarlo y, quizá, a corregir alguna cosa. Y eso se nota.
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Carta a mi mujer es una obra lírica, íntima, personal, cerrada…, como lo son Mortal y rosa (1975) y Un ser de lejanías (2001). En mi modesta opinión, estamos ante el mejor registro umbraliano (a mí, al menos, es el que más me gusta…, y también me gustan mucho los otros, eh). Es un libro cortado desde el jardín, escrito para sí mismo (lo de la esposa es una argucia literaria, como siempre), en una prosa reconcentrada y posteriormente destilada poéticamente. Se lee como una exploración en torno, quietista, mística a ratos, despojada de toda esa materialidad sobrante que es la actualidad (periodística, política, literaria), con la que se gana la vida.
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La reflexión umbraliana, a ratos filosófica, se gira orquestadamente sobre una serie de variables tan simples como expresivas y directas (vean sino este
fragmento, páginas 32 a 36 del libro). En palabras de Gimferrer, el autor afirma decididamente “su voluntad de ser mediante el enérgico júbilo de las palabras”, llevando al papel sus metáforas cotidianas, su vida en pareja, sus “intimaciones de la muerte”. María (España) es la excusa, el hilo nervioso del que va tirando poco a poco, el arma con la que se forja esa autenticidad conmovedora con la que se enfrenta a los días, a sus problemas, a sus urgencias. “Confesión general que yo te hago, monólogo interior hacia afuera, diálogo en falso de una sola voz, no quisiera –porque ya me aburro de mí- que se me viese más que a ti en este libro” (página 41).
Mortal y rosa es el libro de Pincho, el hijo,
Carta a mi mujer es el libro de María (España), la esposa,
Un ser de lejanías es el libro del propio Umbral, el autor. La familia está ya al completo, el círculo se ha cerrado. Quizás por eso finalmente quiso publicarlo, porque sabía que sin esta obra (que no pretendía ser póstuma, claro está) el personaje/escritor que durante toda su vida había ido definiendo quedaba incompleto, desestructurado, cojo. Sus seguidores se lo agradecemos infinitamente.
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