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02 febrero 2009

Destinos temporales..., o imaginarios

La Editorial Crítica tiene en su catálogo una sección deliciosamente prescindible y ajena a los avatares de este mundo que, con la locura inconsciente que caracteriza a algunos del ramo, ha titulado Letras de Humanidad, y con la que (cito textualmente), se pretende rescatar el "afán intelectual y el modelo educativo propugnados por el Renacimiento italiano". El emblema de la colección es el festina lente ("apresúrate despacio") y su símbolo, un cangrejo que atrapa a la mariposa. Como comprenderán, a partir de estos presupuestos, se entiende que no vendan una escoba (aparte el hecho de que son libros algo caros, por razones obvias).
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De ahí he salvado las 30 conferencias sobre Shakespeare que el poeta W. H. Auden dió en Nueva York entre el 9 de octubre de 1946 y el 14 de mayo de 1947, y que Arthur Kirsch ha reconstruído y recopilado a partir de los apuntes de Alan Ansen y otros en Trabajos de amor dispersos (2003, Ed. Crítica; 500 páginas), un pedazo de libro impagable que en la Librería Fontana pueden conseguir al ridículo precio de 10 euritos, un tercio de su P.V.P. Llamen y pregunten, que a lo mejor hay suerte y aún les queda algún ejemplar. De nada.
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Durante los dos semestres que duró ese curso, Auden fue analizando una por una, y por orden cronológico, prácticamente todas las obras de Shakespeare (se quedaron en el tintero Las alegres comadres de Windsor y Tito Andrónico, aunque compensó incluyendo los Sonetos). Tras la exposición del poeta se abrían los debates, que se completaban los sábados por la tarde sólo para los matriculados oficialmente con una serie de estudios pormenorizados de tipo filológico sobre Hamlet y La tempestad. Pues sí, con este tipo de cosas se entretenían algunos cuando no había fútbol (o beisbol, en este caso) televisado...
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De la solvencia de la edición de estos ensayos críticos puede dar fe el hecho de que el capítulo de apéndices, índices y notas ocupa nada menos que 140 páginas. Se conjungan así el placer del experto tiquismiquis que quiere saberlo todo, con la alegría liviana y festiva del que sólo pretende que se lo cuenten bien, bonito y barato. De lo primero se ocupa el eficiente secretario; de lo segundo, el lindo poeta. La verdad, por 10 euros no sé qué más se puede pedir...
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01 noviembre 2008

Jerarquías y compañías del alma


No bien acabo de salir de la representación de Las manos blancas no ofenden cuando ya estoy preguntándome, una vez más, por los motivos por los que mientras la ópera soporta tan mal las reinterpretaciones (o versionados, que diría un hortera), en cambio a nuestro teatro clásico le van como anillo al dedo. Sólo dos explicaciones me caben: que únicamente éste tiene el márchamo de calidad indispensable para aguantar el tirón de modernidad que exige una revisión crítica contemporánea..., y que, por lo mismo, que ya de fábrica, en su propia concepción, viene con la pretensión digamos "antológica" de la riqueza conceptual y de una objetividad literaria que trasciende las circunstancias ambientales. En suma, que Lope, Calderón, Tirso and company no sólo parieron auténticas obras maestras del género, sino que supieron también por qué y para qué lo hacían. Si no acabo de soltar la definición perfecta de "arte" que venga Dios y lo vea.
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No es por tanto casualidad que la Compañía Nacional de Teatro Clásico esté subiendo a la escena un día sí y otro también tamañas maravillas como las que llevamos revisadas en los últimos años. Saber que tenemos en el capacho centenares de comedias de nuestro Siglo de Oro esperando su turno debería darnos qué pensar. Por mi parte, yo no lo pienso mucho: en cuantito que sale una nueva, allá que voy el primero a sacar las entradas y a rescatar el libro de la estantería..., y con más de una me quedo con las ganas de volver a verla a la semana siguiente. No cometeré ahora la tontería de quejarme aquí, como de costumbre, de que estas cosas no se echen por la tele, y les ruego que solamente le pasen la información a gente de confianza, no vaya a ser que se apunte todo el mundo y se lo carguen.
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El hábito de leer la obra antes de ir a la representación tiene su parte curiosa: permite ver los engranajes y la estructura del discurso literario, nos deja detenernos en el análisis de la manera como evoluciona en abstracto la psicología de cada uno de los personajes (algo que se pierde en la espectacularidad del momento escénico, más atento a otros detalles de la acción y a sus adornos, a sus "gracias"). El único símil que encuentro ahora mismo, para que se hagan una idea, es el diálogo platónico: en éste, como en la comedia hispánica, la filosofía se nos presenta desnuda de artificios, en bruto..., para que cada cual saque las conclusiones que estime pertinentes. Así, el ingenio de Lope, la gracia de Tirso y la profundidad de Calderón conquistan la inteligencia del espectador (o del lector) porque le ofrecen una obra que recupera la inmortalidad de su temática (la que sea) con la suficiente frescura y espíritu juvenil, con prácticamente toda su música y sin las cadenas del dogma, antes de cualquier reflexión, como una página en blanco...
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Nuestra comedia nos "secuestra" (me pregunto si un francés o un inglés tendrían la misma sensación) porque nos quita el discurso, pero nos deja la idea, en toda su originalidad y sin perder un ápice de su fuerza: en la experiencia de una representación o de una lectura calderonianas, por seguir con el mismo ejemplo, viene implícita la "complicidad", pero también una tensión de lo más inquietante, pues nos exige continuar con la investigación allí donde el autor la ha dejado, nos demanda profesionalidad y perspectiva, por así decirlo, que seamos capaces de "terminar" toda la excelencia del texto y de la cuestión en la soledad de nuestra imaginación. Enriquecidos y contentos. Luego la cosquillas y el regusto son opcionales.
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08 diciembre 2007

Monólogos con un puñal en la mano


Cuando hace unos días salió el Informe PISA, dejando con el culo al aire las expectativas lectoras de los españoles (entre otras), no pude menos que acordarme de la sensación que siento cada vez que echo un vistazo a la cartelera teatral de la ciudad con vistas al fin de semana. "Deprimente" no es la palabra, sollozante le cuadra mejor.
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En Madrid, por ejemplo, con sus cinco millones largos de habitantes hechos y derechos, de las 33 obras que se representan en la actualidad (sin contar musicales, ni salas alternativas) únicamente hay 2 que podríamos considerar "clásicas", esto es, pertenecientes al Siglo de Oro español. Porque del teatro grecolatino ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que vi por aquí una..., mi memoria escénica no guarda datos de hace más de diez años. Si malo es ya que la oferta operística de la capital se reduzca al Teatro Real, en exclusiva y mondo y lirondo, ya me contarán lo que podemos decir de lo otro. ¿Es o no es para emigrar? Pues eso.
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¿Dónde coño van a aprenden a leer, a recitar, a entender un texto nuestros estudiantes, si no hay sitio alguno donde poderse zambullir en las obras maestras del género literario patrio por excelencia? ¿Eh? ¿Cómo y por qué narices van a cuidar el castellano unos chavales que en su repajolera vida han visto, porque no hay dónde, la gracia simpar, la belleza y la maravilla versificada de Lope, Calderón, Tirso and company? El teatro no está para ser leído, sino representado. Y no me jodan que con la cantidad de subvencionados, tiralevitas y chupabotes que hay en este país con cargo al presupuesto, a nadie se le ha ocurrido que es una OBLIGACION poner en escena nuestras grandes tragedias y comedias, exactamente igual que dar premios literarios y abrir Institutos Cervantes por toda la faz de la tierra.
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Siempre me dicen los amigos que esta parte de nuestro patrimonio nacional no se cuida porque se desconoce, y algo de verdad debe haber en ello. O sea que el fracaso es doble, porque por un lado no se sabe, y por el otro tampoco se enseña. Pero yo recuerdo haber estudiado estas cosas, y no creo que también se hayan cargado la literatura de los planes de estudio actuales, como han hecho con el latín y la filosofía. El problema está en otro sitio: en una clase política que culturalmente sí que es analfabeta y encima se queda tan ancha. Porque podrán argumentar (aunque es mentira) que montar una ópera o una zarzuela es muy caro, pero de lo que no me podrán convencer en la vida es de que hacer La dama boba cuesta más que cualquiera de las mierdas recalentadas que jalonan nuestras carteleras a día de hoy. Y ahí está el Festival de Almagro para demostrarlo: en Madrid podría haber perfectamente cinco o seis obras del clasicismo barroco español en cartel PERMANENTEMENTE, a cargo de compañías formadas por jóvenes, subvencionadas o no, pero con medios suficiente y sin lujos, a las que los profesores de literatura podrían llevar a sus chicos para que se empapen de lo que es bueno. Porque les garantizo que lo que se puede hacer en un corral de comedias de toda la vida tiene más arte y riqueza literaria que todos los cines y televisiones de España juntos.
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El Teatro de la Comedia, la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, va para seis años que está cerrado a cal y canto por unas reformillas que prometían que iba a ser cosa de nada. En todo este tiempo y con el dinero que ya llevan gastado en la "reestructuración" podrían haberse levantado otros tres teatros iguales en cualquier otro sitio. La misma historia que el Real, ¿se acuerdan? Evidentemente, en Madrid hay alguien con mucho poder en los despachos de Esperancita y Albertito que odia nuestro teatro. Recemos para que tenga ya una edad provecta y se muera pronto.
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27 septiembre 2007

Imprecisa voluntad y en precario

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¿Quién hiciera de sí otra
mitad, con quien él pudiese
descansar? Pero mal digo
que hiciera cuerdamente
de sí mismo otra mitad,
porque en partes diferentes
¿pudiera la voz quejarse
sin que el pecho lo supiese?
¿pudiera sentir el pecho
sin que la voz lo dijese?
¿pudiera yo, sin que yo
llegara a oírme ni a verme,
conmigo mismo culparme
y conmigo defenderme...?

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Dios Nuestro Señor, que es un cachondo aunque maldita la gracia que tiene, me castigó (suele hacerlo con casi todo el mundo) dotandome con mucha intuición de una virtud que sólo se podía ejercitar aprendiendo a pulir un vicio de orígen. En este caso, el defecto es un oído bastante pocho, por no decir para tirar directamente a la basura..., y la maravillosa virtud un instintivo y desorbitado amor por la música y el teatro. Les confieso que se ha hecho lo que se ha podido, y por lo que se refiere a la primera, ya me conocen (ver entradas anteriores y el blog de al lado). Hoy toca por tanto hablar del teatro, y más concretamente de nuestro teatro, el del Siglo de Oro.
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De cuando empecé con este rollo de internet recuerdo todavía las palmitas de emoción que daba al descubrir la página de la Universidad de Arizona dedicada a las comedias españolas, superior en algunos aspectos incluso a la propia Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Difícil encontrar una obra de alguno de nuestros aureos clásicos que no esté incluída en estas dos bases de datos..., y mira que entre Lope, Tirso, Calderón, Alarcón, Cervantes et alii escribieron una jartá de ellas, eh. Hay otras páginas, otras recopilaciones, pero estan en éstas. A partir de entonces ya no hizo falta esperar a que se representaran (o sea, casi nunca..., y viviendo en Madrid), porque podía leerlas y recrearlas con la imaginación tras imprimir el correspondiente archivo. Laus deo.
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Como entidad, el teatro español del Siglo de Oro es la cumbre de la literatura universal, con permiso de los clásicos grecolatinos, la novela francesa del siglo XIX y la poesía española de la Edad de Plata. Ese tipo de verso me chifla, la gracia malaje y agitanada de sus personajes me encandila, me derrito ante tantas mujeres de inteligencia mordaz y sostenida, ante esos héroes soberbios, trazados a sangre y fuego contra el espejo de la decadencia social y política, ante tamañas situaciones de una modernidad tan deliciosamente revolucionaria y contradictoria, incomparables a nada que se haya hecho después. El personaje de comedia lopesca es un microcosmos por descubrir, en sus enredos, en su especificidad subversiva, de una mundanidad desgarradoramente lírica. Muchos protagonistas de Tirso podrían rivalizar perfectamente con Don Quijote y Sancho, su juego dual de caracteres tiene un tirón y una comicidad antidogmática, liberadora. ¿Y qué decir de Calderón, el dios tutelar de todo cuanto ha venido después en el mundo de la escena..., Wagner incluído? Algunos han querido decir que sus tragedias son manuales de filosofía, queriéndolos denigrar. ¡Juas!
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Que los franceses, los ingleses y los alemanes osen comparar a sus creadores con los nuestros es un insulto intolerable. Cada una de esas naciones tiene uno o dos genios inmarcesibles, sin duda (Shakespeare, Molière, Schiller, Racine, Goethe): nosotros tenemos una docena larga sólo en el siglo XVII. Cada vez que cojo un texto de alguno de los supuestamente menores (Moreto, Hurtado de Mendoza, Mira de Amescua, Vélez) no paro de hacerme cruces ante tanta riqueza y tanta gracia sin envasar. Frente a la barbarie deconstruída y la posmodernidad psicoanalizada de nuestra mostrenca realidad de cada día cualquiera de tantos Lisardos, Doroteas y Clotaldos nos conducen a mundos de una lucidez y una vitalidad transustanciada. Puritito espíritu hecho arte, ad maiorem gloriam Spaniarum.
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(Por cierto, tienen también muy buenos estudios sobre la materia para descargar en las revistas complutenses Dicenda y Espéculo, en los alicantinos Anales de Literatura Española, así como en las actas congresales de la Asociación Internacional de Hispanistas. Con paciencia y saliva...).
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