"(...) que cosió siete camisas y le sobró un poco". Voy a abusar todavía una pizquita más de la paciencia con la que algunos siguen este blog, porque de nuevo la cosa va de política, cultura y funcionarios, en la que espero sea la penúltima puntada a un tema que (lo reconozco) ya aburre..., y ustedes disimulen. Recordarán que
Ana puso sobre la mesa la duda de qué sería preferible, si entregar la administración cultural a los
funcionarios o a los
intelectuales, supongo que ambos entendidos en su más amplia acepción. Esto es, los primeros como "técnicos" (historiadores, economístas, abogados, etc.) y los segundos como "gente de letras/artistas" (grupo en el que entrarían incluso personas
sin estudios..., por mucha
efervescencia creativa que tengan).
.Yo nunca he visto los dos términos como antagónicos. No he sido capaz de entender a qué viene esa creencia generalizada que presenta en permanente confrontación a los
gestores con los
creadores, como si en España ambos fueran la carne y el pescado de una distinta "virtud" laboral. Quizá se deba a la costumbre de simplificarlo todo..., que ha desembocado en la manía de establecer compartimentos estancos a la realidad y al pensamiento, como si de otra manera no pudiera entenderse. Y yo creo que sí se entiende: hay pocos, muy pocos, contados..., pero es perfectamente posible encontrar a funcionarios/técnicos que a la vez estén poseídos por un auténtico y sincero espíritu
artístico/creativo. He conocido a unos cuantos, personas que, por circunstancias que son fáciles de imaginar, se dedican a administrar o trabajar sobre materias digamos más
prosaicas, pero que a la vez son perfectamente capaces de entender (y algunos hasta de propiciar) el vuelo intelectual en todas sus facetas. No tratan de sustituir una cosa con la otra, porque saben que el buen gobierno de la hacienda está directamente relacionado con la capacidad de regeneración, estímulo y progreso que ésta sepa alentar en torno suyo. Son personas que barajan escritores, pintores, filósofos y músicos, y luego saben situarlos sobre el tapete para que el
solitario salga. No descartan ningún palo de la baraja precisamente porque tienen clarísimo que para que el juego funcione son necesarias todas las cartas. No sacrifican la calidad al tiempo, ni la cantidad al dinero. Y no ignoran que con la baraja completa, además, también se puede jugar al tute, al poker, al julepe y a otras muchas cosas. Para mí, éso es un gestor cultural, el tío que vive las 24 horas del día sin separar en su cabeza la necesidad de la virtud, pensando
"esto es maravilloso, los medios son limitados, pero las posibilidades infinitas, ¿cómo me lo voy a montar para que el mayor número posible de personas no se lo pierdan y se lo pasen tan bien como yo ahora mismo?".
.El problema que tenemos en España es que la intrusión política alcanza cotas que ofenden al buen sentido y a la lógica. Vale que el ministro, los secretarios de estado y los subsecretarios sean elegidos por el partido que gobierna..., pero ¿qué coño es éso de que, a partir de ahí y hasta los mindundis de menor relevancia institucional, a unos niveles verdaderamente irrisorios, deban ser
también elegidos según su adscripción política? Así no vamos a ninguna parte. Las instituciones culturales, por ejemplo, pueden ser ocupadas perfectamente por simples y puros funcionarios de reconocida solvencia y eficacia, que los hay, que a la vez pertenezcan al mundillo espiritual que van a gestionar (profesores e investigadores, por ejemplo). Para eso están los concursos de méritos y la evaluación coherente de las capacidades demostradas a lo largo de la vida (titulación, publicaciones, prestigio internacional, idiomas, etc.). Por seguir con el polémico ejemplo, estoy segurísimo de que en la mismísima Biblioteca Nacional de Madrid hay cuatro o cinco personas perfectamente capacitadas para dirigirla. No hace falta buscarlas en otra parte, ni que sean
novelistas del partido. Y que van a ser mil veces más eficaces y profesionales que la Rosa Regás de las narices, o cualquier otro que vayan a enchufar pasado mañana. Gente de la casa, que conoce el percal, que no entiende de clientelismos políticos, que sabe hacer su trabajo y le gusta. ¿Es tan difícil de entender?
.Claro que, y ésta es la cuestión a la que quería llegar, ello implicaría cambiar también la otra esfera de actuación, el sistema de provisión de puestos de trabajo en la administración, el
funcionariado. Con la Iglesia hemos topado, Sancho amigo. Porque de igual manera que hay que expulsar a los políticos de la cosa pública, valga la expresión, habría también que eliminar a los funcionarios tal y como ahora se entienden. Acabar con las oposiciones y el empleo de por vida, para decirlo breve y directamente.
.Como estoy oyendo ya silbar las navajas en torno a mi cabeza, quiero hacer una puntualización que disipará muchas suspicacias: soy funcionario. La atalaya de mis casi veinte años en la administración pública (y esa mala costumbre que tengo de pensar..., a veces hasta con mala idea) me han permitido llegar a la firme conclusión de que el funcionariado y las oposiciones son un cáncer para cualquier país..., y muy especialmente para aquellos que, como el nuestro, no se caracterízan precisamente por su (ejem)
rigor histórico a la hora de tomar decisiones político/económicas de calado. El sistema nació tras la Restauración para evitar los clientelismos y esa lacra laboral que Benito Pérez Galdós tan bien retrató en
Miau: los cesantes. Se pretendía acabar con un problema gordo, pero generaron otro peor : en lugar de enfrentar a los de un bando con los del otro, se optó por hacer que se maten todos entre sí. En eso consisten las oposiciones. ¿El premio? Un trabajo de por vida..., con todo lo bueno y lo
nefasto que eso significa. Porque la oposición solo demuestra que se ha sido capaz de demostrar una capacitación (no diré
excelencia) concreta en un momento determinado, y no debería presuponerse que ésta va a durar toda la vida. El resultado es que, entre el funcionariado español (y es posible que en ese saco esté incluído yo mismo), sobra la mitad de la gente. Porque no se le ha vuelto a "medir" nunca esa supuesta virtud profesional que, como el valor en la mili, se presupone
ad maioren dei gloriam. Y hay que conocer la administración como yo la conozco para poder afirmar, con todas las letras, que es el mayor nido de inútiles y momias recalentadas que te puedes encontrar en cualquier esfera de la vida socio-económica del país. Así lo siento y así lo digo, y al que se pique, que se rasque.
.Yo eliminaría sin dudarlo un instante las oposiciones y el empleo de por vida. Que cada institucion pública sea autónoma y soberana a la hora de contratar a su personal, desde el director al último mono, con luz y taquígrafos, controlando y desarrollando legalmente los supuestos de partida para evitar las irregularidades. Y metiendo en la cárcel a los golfos que se aprovechen.
Higiene democrática se le llama a lo primero,
ley y justicia a lo otro..., algo que a más de uno le sonará a chino. Establecería una duración máxima de los contratos de, por ejemplo, diez años. Tiempo más que suficiente para poder desarrollar un buen trabajo y, a la vez, organizarte la vida. Y después, a buscarse otra cosa en distinta esfera laboral. Que lo que al ser humano le sobran son telarañas en la cabeza y preocupaciones en la chepa. Y lo que asusta no es la incertidumbre, sino la escasa fe propia. Nada que no se cure con una buena ración de
escuela a su debido tiempo.
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